Irán en el centro del tablero geopolítico: Incertidumbre interna y tensión global

La crisis interna del régimen y la escala de tensiones entre EEUU e Israel amenaza con reconfigurar el equilibrio geopolítico en Oriente Medio y generar efectos globales en los mercados energéticos, la seguridad regional y el sistema internacional.

Marta Barquier

La situación en Irán atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. En las últimas semanas, los ataques militares estadounidenses e israelíes contra objetivos iraníes —incluidas infraestructuras vinculadas a su programa nuclear— han intensificado un conflicto que ya venía gestándose desde hace años. Las operaciones militares iniciadas a finales de febrero han provocado una cadena de represalias iraníes contra instalaciones militares y objetivos en países del Golfo, así como un aumento significativo de la tensión en el estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más importantes del planeta.

Este escenario ha disparado la incertidumbre en los mercados energéticos. El tráfico marítimo en la zona se ha visto gravemente afectado y el precio del petróleo ha experimentado fuertes subidas en pocos días, reflejando el temor a una interrupción prolongada del suministro global.

El director del Centro de Economía Global y Geopolítica de Esade (EsadeGeo), Angel Saz-Carranza, y el senior fellow del Centro, Juan Moscoso del Prado, reflexionan sobre la situación.

Una crisis con implicaciones globales

La relevancia estratégica de Irán no se explica únicamente por su peso regional, sino también por su papel en el sistema energético mundial. El estrecho de Ormuz, que separa Irán de Omán, canaliza aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo y es una vía clave para el comercio global de gas natural licuado.

Ante este escenario, la capacidad de respuesta iraní será uno de los factores determinantes para la evolución del conflicto. Como señala Ángel Saz Carranza, “Hay que ver si los países del golfo—Qatar, Emiratos, Arabia Saudí—acaban entrando y se suman a Israel y EEUU a atacar Irán”.

El riesgo más inmediato, sin embargo, está vinculado a la posibilidad de una interrupción del tráfico marítimo en el Golfo Pérsico.

“El estrecho de Ormuz es la clave. ¿Cuanto tiempo permanecerá cerrado?. Por el estrecho de Ormuz pasa el 25 % del petróleo mundial. El efecto sobre el precio del petróleo dependerá de cuando se reabre el estrecho”, explica Saz Carranza.

Un cierre efectivo de esta ruta comercial tendría consecuencias directas sobre la inflación global, los costes energéticos y la estabilidad de las cadenas de suministro.

Las protestas actuales en Irán son las más masivas, intensas y prolongadas desde la Revolución Islámica de 1979

Un régimen bajo presión interna

La crisis geopolítica coincide con una creciente contestación social dentro de Irán. En los últimos años se han producido algunas de las protestas más intensas desde la Revolución Islámica de 1979, impulsadas principalmente por una población joven, educada y cada vez más desencantada con el régimen.

Según Juan Moscoso del Prado, “Las actuales protestas en Irán han sido las más masivas, intensas y continuadas desde la Revolución islámica de 1979. Cabe destacar que quienes las lideran en el interior son una generación joven, menores de 30 años que suponen la mitad de la población iraní, muchos de ellos mujeres y con estudios superiores”.

Este descontento tiene múltiples causas. La economía atraviesa una crisis profunda —con una inflación cercana al 40 % y una fuerte devaluación de la moneda— a pesar de que el país posee algunas de las mayores reservas energéticas del mundo. A ello se suma la frustración acumulada tras décadas de promesas de reforma que nunca llegaron a materializarse.

El movimiento feminista, especialmente activo desde las protestas de 2022 por los derechos de las mujeres, ha sido uno de los motores más visibles del descontento social. En paralelo, sectores tradicionalmente cercanos al régimen, como el bazar —la red de comerciantes y empresarios urbanos—, también han comenzado a distanciarse debido al impacto de las sanciones internacionales y al deterioro económico.

La fragmentación de la oposición

A pesar de la magnitud del descontento social, la oposición iraní sigue profundamente fragmentada y carece de un liderazgo claro capaz de articular una alternativa política.

“Es difícil definir las facciones opositoras, que son poco reconocibles en el interior. Los principales disidentes dentro de Irán han sido ampliamente perseguidos, encarcelados y silenciados, resultando en que no hay fuerzas alternativas claras”, explica Moscoso.

Algunos referentes han surgido en el exilio, como Reza Pahlavi, heredero del último Sha de Irán, cuya figura ha ganado visibilidad durante las protestas recientes. Sin embargo, su conexión con la realidad política interna del país es limitada y su legitimidad entre la población resulta difícil de medir.

Esta ausencia de liderazgo organizado complica cualquier escenario de transición política.

¿Un cambio de régimen?

La presión externa y el malestar interno han llevado a muchos analistas a plantear la posibilidad de un cambio de régimen. No obstante, este escenario está lejos de ser sencillo.

La alineación de las fuerzas que sostienen el poder conlleva que la revolución interna tenga una probabilidad de éxito limitada

Como advierte Saz Carranza, “Supone mucha incertidumbre a medio plazo. El objetivo es tumbar al régimen, pero sin un claro sustituto. No parece existir una figura como la de Delcy Rodríguez en Venezuela, y la oposición está muy fragmentada”.

Además, el régimen iraní conserva un elemento clave para su supervivencia: la cohesión de sus estructuras coercitivas. La pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que, pese a las tensiones económicas, las protestas y la represión, el sistema no haya colapsado?

La respuesta está en la alineación de las fuerzas que sostienen el poder. El ejército regular, la Guardia Revolucionaria, los Basij y otros aparatos de seguridad continúan respaldando al régimen. Esto no significa que no existan tensiones internas, pero sí que estos grupos mantienen importantes privilegios económicos y políticos que no están dispuestos a perder.

En este sentido, el sistema iraní no es solo un régimen político: también funciona como una estructura de poder económico que beneficia a quienes lo sostienen. Mientras estas estructuras permanezcan cohesionadas, las probabilidades de una revolución interna con éxito siguen siendo limitadas.

El impacto sobre el orden internacional

La crisis también plantea interrogantes más amplios sobre el futuro del sistema multilateral. La ruptura del acuerdo nuclear con Irán —conocido como JCPOA— durante la primera presidencia de Donald Trump marcó un punto de inflexión en las relaciones entre Washington y Teherán.

Según Saz Carranza, “Dejando de lado el carácter detestable de la dictadura iraní y desde un punto de vista multilateral, en su primer mandato Trump rompió unilateralmente el acuerdo nuclear con Irán (el JCPOA) y ahora lo ataca sin ningún tipo de miramiento por el Consejo de Seguridad de la ONU. Parece un enésimo clavo más en el sistema de las Naciones Unidas”.

Las críticas europeas a la legalidad de los recientes ataques reflejan precisamente ese debate sobre el debilitamiento del orden internacional basado en reglas y el creciente peso de la lógica de poder en la política global.

Un punto de inflexión para Oriente Medio

Irán se encuentra, en definitiva, en un momento de profunda vulnerabilidad tanto interna como externa. La pérdida de aliados regionales, el debilitamiento de sus redes de influencia y los daños sufridos por su infraestructura militar y nuclear han alterado el equilibrio estratégico en la región.

Sin embargo, la evolución del conflicto sigue siendo altamente incierta. El desenlace dependerá de múltiples variables: la capacidad de respuesta iraní, la evolución de las protestas internas, el papel de las potencias regionales y la posibilidad —cada vez más remota— de retomar la vía diplomática.

En un contexto internacional cada vez más fragmentado, la crisis iraní se perfila como uno de los grandes test para el sistema geopolítico del siglo XXI.

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