Abrazar el preparacionismo para sobrevivir a la guerra empresarial

La inestabilidad ya no es una excepción, se ha convertido en la norma de nuestro tiempo. El decálogo estratégico de la nueva resiliencia invita a cambiar el clásico enfoque adaptativo por uno ‘preparacionista’.

Equipo Do Better

Durante el reciente apagón que afectó a toda la Península Ibérica, muchas organizaciones pudieron constatar la diferencia entre tener un grupo electrógeno o no tenerlo. Disponer de él significó la diferencia entre poder trabajar, comunicarse, seguir produciendo y vendiendo, o no.  

En un entorno inestable y de disrupciones constantes como el actual, ya no basta con adaptarse o improvisar: solo quienes se anticipan y se preparan tienen margen de actuación y pueden sobrellevarlo sin grandes dificultades.  

Así lo planteó Carles Torrecilla, profesor del Departamento de Marketing de Esade, durante la Esade Live Experience, una jornada de puertas abiertas en las que partners, candidatos y exalumnos pudieron conocer el nuevo campus de Esade en Madrid. En su sesión, Torrecilla interpeló directamente a los líderes empresariales: ¿están preparados sus modelos de negocio para lo que viene?  

El business as usual ha muerto: del orden al caos previsto

Crisis climática, guerras comerciales, ciberataques, catástrofes naturales, conflictos bélicos… Lo que antes se entendía como crisis puntuales, hoy conforma el nuevo contexto operativo. Como advierte Torrecilla, “el que se adapta va tarde; hay que prepararse, no adaptarse”. 

En este escenario, la eficiencia y las ventajas competitivas basadas en costes han dejado paso a una vulnerabilidad estructural. Hoy una empresa puede quebrar por no poder cumplir los contratos de suministro a causa de factores completamente externos. La única estrategia viable es contemplar lo imprevisible como parte del diseño organizativo

Diez principios para empresas resilientes

Para afrontar esta nueva realidad, Carles Torrecilla propone un decálogo que guía el rediseño de organizaciones preparadas para anticiparse, resistir, adaptarse con rapidez y evolucionar.  

  1. Producción distribuida

    Es momento de cambiar la centralización operativa. Frente a un modelo orientado solo a la eficiencia de costes, se impone un sistema de producción distribuida: autónomo, flexible y capaz de adecuarse a entornos inestables.  

  2. Relación directa con el cliente

    Reducir los intermediarios y establecer una relación directa con el cliente permite adaptar los productos y servicios a sus necesidades reales. Así, las empresas dejan de competir solo con productos estandarizados y comienzan a generar márgenes desde nuevas vías como la personalización o los servicios añadidos.  

  3. Inestabilidad política y polarización

    Las olas populistas que marcan la actual alternancia política traen consigo inestabilidad normativa. Por ello las empresas deben evitar estrategias a largo plazo que dependan de un único marco regulatorio y prepararse para escenarios contradictorios.  

  4. Acceso versus propiedad

    Las nuevas generaciones no quieren poseer, quieren acceder. Esto implica revisar desde el modelo de relación comercial hasta los sistemas contables y de financiación. El futuro es la cuota, no la factura.  

  5. Modularidad y producto semiacabado

    En lugar de asegurar stocks, las empresas deben diseñar productos “seguros”: modulares, con componentes intercambiables o versiones base que pueden finalizarse según el destino o el contexto. Esto permite adaptarse a normativas cambiantes, disrupciones logísticas o nuevas exigencias del mercado. 

  6. Diseño para el reacondicionamiento

    El ciclo de vida del producto ya no acaba en su venta. Debe poder desmontarse, actualizarse y revenderse. Este principio ya es transversal en sectores como la automoción, el mobiliario o la vivienda. Pasaremos a usar temporalmente y, además, aspectos como la huella de carbono, el índice de reparabilidad o el índice de borrado de datos, entre otros, dejarán de ser una opción para convertirse en exigencias normativas o del propio cliente.  

  7. Identificación única por unidad

    Adiós al simple etiquetaje. Cada unidad de producto —y también algunos servicios— deberá estar identificada y trazada. En un entorno de normativas múltiples y riesgos crecientes, esta trazabilidad individual es necesaria para garantizar la resiliencia operativa y legal.  

  8. Conectividad total

    La empresa con futuro es un sistema inteligente y conectado, en el que cada parte comunica, detecta y aprende. Ya no se trata solo de tener datos, sino de procesarlos e interpretarlos en tiempo real para mejorar e iterar continuamente. 

  9. Customización

    Hablar del “cliente” en términos genéricos ya no sirve. La empresa debe avanzar hacia un conocimiento profundo de cada cliente, sus motivaciones, sus intereses y sus patrones. Esto permite ofrecer productos y experiencias verdaderamente personalizados.  

  10. Scoring y fidelización inteligente

    Las empresas van a empezar a decidir a qué tipo de clientes quieren servir, en función de su perfil de comportamiento y rentabilidad. Al mismo tiempo, la fidelización por penalización contractual va a cambiar a favor de experiencias personalizadas más satisfactorias. 

Aplicar este decálogo no significa desmontar toda la organización de golpe. Se trata de activar cada principio en áreas críticas, ensayar con proyectos piloto, evaluar resultados y escalar aquello que funcione. La hoja de ruta debe ser realista, gradual y orientada al impacto.  

La preparación como ventaja competitiva

Este cambio de paradigma ya está siendo aplicado por algunas empresas. El profesor Torrecilla cita a Tesla con la integración vertical, Zara con la manufactura distribuida por continentes y Apple con el ecosistema de servicios. “En todas ellas, estos principios las han salvado en algún momento de alguna disrupción de entorno que ha llevado un competidor suyo a la quiebra”, indica. 

En la economía del mañana, la ventaja competitiva no estará solo en ser mejor, sino en haber previsto el cambio y haber diseñado las respuestas antes de que llegue. Los entornos inciertos llevan a los inversores a buscar escenarios seguros y a los clientes, marcas que transmitan confianza. Prepararse ya no es una opción táctica, sino una competencia indispensable.  

Así lo resume Torrecilla al cierre de la ponencia: hay que prepararse, no para pelear, sino para que no sea necesario pelear. Porque “si te preparas, cuando viene la guerra, la guerra no va contigo”. 

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