Cómo las universidades jesuitas están convirtiendo la sostenibilidad en una práctica real

Las instituciones empiezan a educar para el impacto. Universidades como Esade integran la sostenibilidad en el liderazgo, las operaciones y la experiencia del estudiante para generar resultados medibles y sistémicos.

Marta Barquier (Do Better Team)

A medida que la crisis climática se acelera, se pide a las universidades que vayan más allá de la concienciación y pasen a la acción. Para las instituciones jesuitas, este no es un debate nuevo, pero la presión para actuar es cada vez mayor. Basadas en una tradición que combina rigor intelectual con reflexión ética y compromiso social, estas escuelas están bien posicionadas para replantear la sostenibilidad no como una asignatura, sino como una forma de operar.

Nancy Tuchman, profesora de Biología y decana fundadora de la School of Environmental Sustainability de la Loyola University Chicago, y Cristina Giménez, directora de Identidad y Misión de Esade y profesora de Operaciones y Supply Chain Management, analizan cómo las instituciones educativas pueden adoptar un enfoque más sistémico: uno que conecte currículo, investigación, operaciones y vida estudiantil.

Del conocimiento a la responsabilidad

Las universidades han moldeado históricamente cómo las sociedades entienden los grandes retos globales. Pero el cambio climático exige algo más que conocimiento. Como señala Tuchman: “Las universidades tienen tanto la oportunidad como la responsabilidad de educar a los estudiantes sobre la crisis ambiental, ya que es el problema más existencial de este siglo”.

Esa responsabilidad no se limita al aula. Las universidades también deben revisar cómo funcionan. Tuchman es clara: las instituciones deben “liderar con el ejemplo reduciendo el daño que causan al medio ambiente disminuyendo la huella ambiental de sus campus”.

Cuando lo que una universidad enseña está alineado con cómo opera, los estudiantes lo perciben —y la confianza crece.

El enfoque ignaciano: reflexión, acción, transformación

La educación jesuita se basa en la pedagogía ignaciana, un marco que, en palabras de Giménez, “no se centra solo en adquirir conocimiento, sino en formar personas capaces de reflexión crítica, discernimiento ético y acción responsable”.

Su proceso —contexto, experiencia, reflexión, acción y evaluación— encaja de forma natural con la complejidad de los desafíos climáticos. Invita a los estudiantes no solo a comprender los problemas ambientales, sino a implicarse personalmente. Como explica Giménez, los estudiantes empiezan a preguntarse: “¿Cuál es mi papel? ¿Qué tipo de líder quiero ser?”.

Ese es un resultado muy distinto a una buena nota en un examen.

Más allá de la sostenibilidad: un marco más amplio

Lo que distingue a las instituciones jesuitas no son solo las iniciativas de sostenibilidad —muchas universidades las tienen—, sino cómo las conectan con cuestiones de justicia social y dignidad humana.

Giménez describe este enfoque como holístico: uno que integra dimensiones ambientales, sociales, económicas y también espirituales, reconociendo la relación entre las personas, la naturaleza y el sentido. En este marco, la sostenibilidad no es una prioridad estratégica añadida, sino parte de la identidad de la institución.

Del discurso a la acción medible

Lo más difícil no es el compromiso, sino actuar en consecuencia e integrarlo en la cultura.

Tuchman lo resume así: las instituciones deben “integrar la sostenibilidad en todo el currículo, en la investigación, en la relación con la comunidad y en sus operaciones”. Esto implica ir más allá de proyectos aislados o gestos simbólicos.

Un ejemplo claro es el trabajo liderado por Tuchman en Loyola University Chicago. Durante más de dos décadas, la universidad ha desarrollado una respuesta integral a la crisis ambiental mediante la colaboración entre el ámbito académico y las operaciones del campus. Esta estrategia se ha basado en tres objetivos clave: garantizar que todos los estudiantes adquieran alfabetización ambiental, crear una School of Environmental Sustainability y alcanzar la neutralidad en carbono.

Los resultados son tangibles. La sostenibilidad está integrada en el currículo, mientras los estudiantes participan en aprendizajes prácticos orientados a soluciones reales. Iniciativas como la transformación del aceite vegetal usado en biodiésel y jabón —utilizado en miles de dispensadores del campus— muestran cómo aprendizaje y operación se refuerzan mutuamente. Además, el Plan de Acción Climática (2015–2025) permitió alcanzar la neutralidad en carbono en enero de 2025 mediante eficiencia energética, energías renovables y compensaciones.

Más allá de los datos, este cambio responde a una expectativa creciente: que las universidades no solo enseñen sostenibilidad, sino que la encarnen de forma creíble.

En Esade, este proceso ya está en marcha. La sostenibilidad se integra en programas académicos, investigación y operaciones. Las iniciativas de aprendizaje-servicio sitúan el impacto social y la reflexión en el centro, conectando a los estudiantes con problemas reales. En el ámbito operativo, el campus de Sant Cugat ha reducido sus emisiones en un 83,05% y sus comedores han obtenido certificación de sostenibilidad. No son promesas: son resultados.

El papel de los estudiantes: de participantes a motores de cambio

Los estudiantes no están esperando a que las instituciones lideren. Como señala Giménez, “los estudiantes son uno de los principales motores de cambio dentro de las universidades”. Tuchman añade que “los directivos tienden a escuchar lo que los estudiantes esperan de las instituciones educativas”.

Esto es clave. Los campus se convierten en espacios donde los estudiantes pueden trabajar sobre problemas reales, participar en decisiones y experimentar el impacto del cambio. El aprendizaje que surge de ahí —sobre complejidad, instituciones y persistencia— es difícil de replicar en el aula.

Barreras —y lo que a menudo se subestima

Los obstáculos son reales. Como indica Tuchman, “las mayores barreras suelen ser los recursos, tanto financieros como humanos”.

Pero las instituciones a menudo subestiman lo que se puede lograr sin grandes inversiones. Muchas acciones de alto impacto —especialmente en consumo y residuos— tienen bajo coste e incluso generan ahorro.

Esade ha abordado parte de este reto desde la gobernanza: el 100% de sus inversiones están alineadas con criterios ESG, es firmante de los Principles for Responsible Management Education y ha alcanzado el nivel 4 en el Positive Impact Rating. Pero otra barrera, menos visible, es la falta de una conciencia compartida sobre la urgencia de la crisis, lo que dificulta movilizar a las personas.

Medir lo que importa

El progreso en sostenibilidad es, por definición, incremental. Como señala Tuchman: “cada tonelada de carbono que evitamos emitir es un impacto positivo; cada litro de agua que no se desperdicia cuenta”.

Para las universidades, esto implica establecer objetivos claros —neutralidad en carbono, residuo cero— y medirlos de forma constante. La medición no es solo rendición de cuentas: define en qué ponemos la atención.

Dónde estamos

No hay una conclusión sencilla ni una solución única. El desafío es grande, el ritmo es lento y muchas universidades aún están definiendo qué significa realmente el cambio sistémico.

Las instituciones jesuitas cuentan con un marco —pedagogía ignaciana, tradición ética, propósito y acción— especialmente adecuado para gestionar esta complejidad. Pero aplicarlo requiere intencionalidad: campus a campus, decisión a decisión.

Como resume Tuchman, el progreso se construye a partir de “millones de pequeñas acciones realizadas por personas dentro y fuera de las universidades”. No es optimismo. Es la forma en que ocurre el cambio real.

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