Identidad profesional e identidad personal: ¿La misma cara de una moneda?
En el entorno laboral, la persona que somos y el papel que representamos no siempre es el mismo. Saber gestionar esta situación puede ser la solución para evitar que el trabajo se convierta en un escenario de tensión moral.
En la vida cotidiana asumimos múltiples roles: ciudadano, amiga, padre, empleada o directiva. Cada uno conlleva expectativas, normas y maneras de actuar que vamos interiorizando con el tiempo. Sin embargo, pocos ámbitos exigen una construcción de la identidad tan deliberada como el trabajo. La profesionalidad se ha consolidado, de hecho, como uno de los principales símbolos de prestigio social. Ser un “buen profesional” suele asociarse con competencia, fiabilidad y éxito; a menudo, incluso, con el propio valor personal.
Esta concepción social de la profesionalidad hace que en el trabajo no solo desempeñemos tareas, sino que también construyamos una identidad. No es casual que la palabra “persona” provenga del término griego que designaba la máscara teatral. Desde sus orígenes, la identidad humana ha estado ligada a la representación. Y el trabajo, aunque quizá no sea el ámbito que consideramos más importante de nuestra vida, sí es al que dedicamos más tiempo. Por eso, lo que ocurre en él termina teniendo un impacto inevitable en nuestra esfera personal: la persona que somos en el trabajo acaba, de algún modo, colándose en la persona que somos en casa, a menudo cargando además con las preocupaciones del empleo.
De ahí surge una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto coincide nuestra identidad personal con nuestra identidad profesional? ¿Es posible evitar que la identidad que adoptamos en el trabajo se traslade a la vida privada? ¿Se refuerzan ambas dimensiones o, por el contrario, acaban fragmentándose?
El jesuita y profesor asociado del Departamento de Dirección General y Estrategia de Esade, Alberto Núñez, y la profesora titular del Departamento de Sociedad, Política y Sostenibilidad, Rita Mota, abordan esta discusión desde dos puntos de vista diferentes.
La máscara profesional
Según Núñez, actuar de forma distinta en el trabajo no es, en sí mismo, problemático: “En función de nuestras necesidades, deseos o miedos podemos representar un papel que no se corresponde exactamente con lo que somos”. El problema surge cuando la separación entre el papel y el yo “real” se distancia demasiado.
En contextos ampliamente competitivos o jerárquicos, la presión por ajustarse a una determinada idea de “profesionalidad” puede empujar a las personas a suprimir rasgos que consideran centrales en su vida personal: empatía, vulnerabilidad, honestidad. “Esta es una de las razones por las cuales las personas desarrollan una “identidad profesional” diferenciada. Pueden sentir que ciertas virtudes son apropiadas en la vida privada, pero están fuera de lugar en el trabajo”, explica Mota.
La profesora lo denomina disyunción moral: una desconexión que aparece cuando las exigencias del rol profesional entran en conflicto con los compromisos personales. No se trata solo de comportamientos distintos, sino de tensiones entre lo que uno cree que es correcto y lo que se espera que haga.
Este fenómeno no es marginal. Puede surgir cuando se presiona para ocultar información, priorizar resultados sobre personas o normalizar prácticas que, fuera del entorno laboral, consideraríamos cuestionables.
El coste psicológico de la fragmentación
Representar un papel tiene un coste. Y ese coste depende de la magnitud de la distancia entre identidad personal e identidad profesional.
La mayoría de las personas desean verse a sí mismas como coherentes y decentes. Cuando el trabajo exige actuar de manera que contradice esa autoimagen, surge incomodidad psicológica. Para aliviarla, se activan distintos mecanismos: distanciarse del rol (“este no soy yo, es solo mi trabajo”), justificar las acciones (“todo el mundo lo hace”), o adaptar progresivamente los propios valores a las exigencias del entorno.
Estas estrategias pueden reducir la tensión a corto plazo, pero a largo plazo erosionan la integridad. Desde la ética de la virtud, la coherencia no consiste en comportarse igual en todos los contextos, sino en aspirar a ser el mismo tipo de persona en las distintas dimensiones de la vida.
Cuando la fragmentación se cronifica, la persona corre el riesgo de no poder integrar su experiencia en una narrativa vital coherente.
¿Qué entendemos por “ser profesional”?
Socialmente hemos construido una imagen bastante definida de lo que significa ser profesional: eficacia, control emocional, orientación a resultados, lealtad organizativa. Estas expectativas no son neutras. De hecho, moldean conductas.
Cuando la necesidad de ser “profesionales” es mayor que cualquier otro valor personal, se tiende a sentir la presión de relegar virtudes como la compasión o la justicia con tal de no parecer ingenuos o poco comprometidos.
“Cuando alguien no actúa con su máximo nivel de profesionalidad suele haber un desajuste más profundo: entre el perfil de la persona y las necesidades del puesto, entre su forma de trabajar y la cultura de la organización”, explica Núñez.
Sin embargo, los roles profesionales son construcciones sociales, apunta Mota. “No están dados por naturaleza, sino que se negocian y sostienen colectivamente. Por tanto, también pueden transformarse”.
Cuando los valores no encajan
Trabajar en una empresa cuyos valores no coinciden plenamente con los propios es una experiencia común. La profesora Mary Gentile describe en Giving Voice to Values tres posibles reacciones ante este conflicto: aceptar los valores de la organización (loyalty), abandonarla (exit) o expresar el desacuerdo e intentar transformarla (speak up).
Psicológicamente, la tercera opción suele ser la más difícil. Requiere valentía moral y un entorno que permita el diálogo. Pero también es la que mejor preserva la integridad cuando existe margen de cambio.
Mota propone un proceso que denomina role coadunation (del latín coadunare, unir), que desarrolló con Alan Morrison: realizar una “lectura completa” del rol, comprender su impacto social y buscar formas de ejercerlo de manera virtuosa. A veces el conflicto es más aparente que real; otras, exige decisiones más drásticas, incluso cambiar de organización.
Desde una perspectiva jesuita, el primer paso es el autoconocimiento: tener claridad sobre qué valores son irrenunciables y cuáles admiten matices. Aplicar valores humanistas, como son la integridad o la sensibilidad, con el objetivo de contribuir al bien común. No se trata de defender principios “contra viento y marea”, sino de discernir con conciencia tanto la propia posición como el contexto.
No perderse a uno mismo
¿Cómo evitar que la identidad profesional se convierta en una coartada para conductas reprobables?
Como explica Mota en sus estudios, ambos enfoques coindicen en varios puntos clave:
- Practicar la reflexión periódica: ¿qué estoy haciendo y por qué?
- Cultivar comunidades de interpretación (mentores, colegas, espacios de diálogo) que ayuden a ver puntos ciegos.
- Mantener compromisos significativos fuera del trabajo que anclen la identidad.
- Fomentar el pensamiento crítico frente a normas que se presentan como incuestionables.
Fortalecer la identidad personal es importante, pero no suficiente. La confianza sin reflexión puede derivar en autoengaño. Lo esencial es una identidad orientada hacia las virtudes y abierta al examen crítico.
El papel de las empresas
Las organizaciones no son escenarios neutrales. Dedicamos a ellas gran parte de nuestra vida y de nuestro reconocimiento social. Si una empresa normaliza comportamientos que contradicen valores básicos, su influencia se extiende más allá del horario laboral.
Las empresas pueden contribuir a reducir la desconexión moral fomentando la transparencia, promoviendo el diálogo ético, evitando sistemas de incentivos que premien conductas dañinas y creando mecanismos seguros para expresar desacuerdos. Apunta Mota, “Los roles están socialmente construidos y sus expectativas se sostienen colectivamente. Por lo tanto, la solución no puede ser puramente interna. En la mayoría de casos, exige organizaciones abiertas a la crítica y la existencia de comunidades interpretativas sanas que examinen y den forma a las expectativas de los roles”.
Dado que las expectativas de los roles se construyen colectivamente, las organizaciones comparten responsabilidad en los conflictos de identidad que experimentan sus miembros.
Más allá de la máscara
La cuestión no es prescindir de la identidad profesional. Los roles son inevitables y, a menudo, necesarios. El verdadero reto está en cómo los integramos sin que acaben definiendo por completo quiénes somos.
Tal vez el objetivo no sea ser exactamente la misma persona en todos los contextos, sino aspirar a una coherencia suficiente: una vida plural pero inteligible, diversa pero moralmente integrada.
En un mundo laboral cada vez más exigente, la verdadera profesionalidad podría no consistir en perfeccionar la máscara, sino en reducir la distancia entre el papel y la persona.
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