¿De quién es la culpa?: Definiendo los límites morales de las organizaciones
Un nuevo modelo para resolver dudas sobre la atribución moral de las acciones de las organizaciones plantea redefinirlas como sujetos en lugar de considerarlas meros instrumentos.
La forma en que percibimos e interactuamos con las organizaciones a menudo desborda su definición legal. Por ejemplo, es habitual juzgar a las empresas multinacionales por el comportamiento poco ético de sus filiales a pesar de que estas sean entidades jurídicamente separadas. ¿Significa esto que nuestro instinto de atribución de culpas es erróneo? ¿O hay algo moralmente importante en este instinto? Desde una perspectiva moral, ¿dónde acaba la organización y empieza el resto del mundo?
En 1937, el autor, economista y premio Nobel británico Ronald Coase publicó un artículo que, en gran medida, sentó las bases actuales para la interpretación de los límites de las organizaciones. Coase veía las organizaciones como objetos de los que la gente se sirve con el fin de reducir los costes asociados a la cooperación económica. En un influyente artículo, sostenía que las organizaciones acaban en el punto en que la dirección empresarial es menos eficiente que el intercambio de mercado. Es decir, los límites de las organizaciones se fijan con el objetivo de reducir los costes de transacción.
Las organizaciones no deben ser percibidas como objetos al servicio de un objetivo sino como sujetos en sí mismos
El análisis de Coase de los límites organizacionales y su visión de las organizaciones como objetos al servicio de una mayor eficiencia han influido en décadas de trabajo académico, así como en gran parte de la literatura sobre gestión. Pero este enfoque no nos ayuda a resolver dudas sobre responsabilidad moral, está pensado para otros fines.
Una nueva investigación de Rita Mota (Esade) y Alan D. Morrison (Saïd Business School, Universidad de Oxford) propone replantear el debate sobre los límites de las organizaciones en términos explícitamente morales y arrojar luz sobre la difícil pregunta sobre cómo asignar responsabilidades morales en entornos complejos. Para ello, afirman que la organización no debe verse como un objeto que se utiliza para alcanzar un objetivo, sino como un sujeto en sí misma. En otras palabras, la organización debe considerarse un agente moral.
La organización como agente
La cuestión de si las organizaciones pueden ser consideradas moralmente responsables de sus actos y, por ende, poseer agencia moral, es fundamental en el campo de la ética empresarial. A su vez, es extremadamente compleja.
Existen dos maneras de conceptualizar la agencia moral corporativa. En el enfoque individualista se parte de la premisa de que debemos indagar sobre las características internas de la organización para que pueda ser considerada un agente moral. Si dichas características están presentes, entonces podemos argumentar que es razonable considerar a la organización como moralmente responsable. De este modo, las respuestas emocionales de las personas hacia las acciones de la organización, tales como el elogio y la crítica, quedan debidamente justificadas.
Desde una perspectiva relacional, el análisis se aborda de manera inversa: en primer lugar, se investiga si las personas tienen respuestas emocionales frente a las acciones de la organización. En caso afirmativo, se procede a examinar si tales emociones siguen siendo válidas una vez contrastadas con las características internas de la organización. Si superan el escrutinio, se puede argumentar que la organización posee agencia moral.
Este modelo aporta claridad a la responsabilidad moral de las organizaciones, sus redes y los individuos que trabajan en ellas
Mota y Morrison argumentan que un enfoque relacional resulta más adecuado para investigar cuestiones relativas a los límites morales. En particular, sostienen que el relato corporativo en segunda persona (CSP) de la agencia moral corporativa, desarrollado en un artículo anterior, es más efectivo que otros enfoques. Este relato se adapta mejor a los procesos sociales a través de los cuales atribuimos responsabilidad a los colectivos, ofrece criterios explícitos y asegura la posibilidad de establecer un diálogo moral con la organización.
De acuerdo con el modelo CSP, una organización se considera un agente moral si cumple tres condiciones esenciales: primero, es necesario que sea posible que las personas desarrollen actitudes reactivas hacia ella, tales como el elogio o el reproche; segundo, debe ser factible entablar un diálogo con la organización a partir de esas actitudes reactivas; y tercero, la organización debe ser capaz de reconocer la autoridad moral de otros actores y responder de manera adecuada a las actitudes reactivas que recibe.
Según Mota y Morrison, únicamente los agentes morales pueden tener límites morales. Ese límite incluye tanto las acciones que han llevado a cabo como aquellas que podrían llevar a cabo. Dado que enumerar todas las posibles acciones potenciales de una organización es una tarea imposible, no podemos percibir en su totalidad los límites morales de una organización. En consecuencia, la cuestión fundamental a plantearse es si las acciones específicas de las organizaciones se enmarcan o no dentro de sus límites morales.
Seis pasos hacia la atribución moral
Los investigadores han desarrollado un proceso para determinar si una acción determinada se sitúa o no dentro de los límites morales de una organización. En otras palabras, han desarrollado un modelo que nos permite atribuir moralmente una acción al agente oportuno y, por tanto, identificar sobre quien recae la responsabilidad moral de esa acción.

- Identifica a los actores. ¿Quién realizó la acción? Esta primera etapa requiere la identificación de una organización candidata (OC). Cabe la posibilidad de identificar a uno o varios individuos que formen parte de esa OC. Puede existir más de una OC, puede haber responsabilidad moral conjunta y puede ser necesario seguir los pasos por separado para varios actores.
- Caracterizar la acción organizacional (OA). ¿Es esta acción significativamente organizacional? La respuesta es afirmativa si sus ejecutores están autorizados, han recibido instrucciones o se espera que lleven a cabo la acción en nombre de la organización; en este caso, el proceso pasa al tercer paso. Si la respuesta es negativa (por ejemplo, porque un "lobo solitario" ha actuado en contra de los intereses de la organización), el proceso pasa a la sexta etapa.
- Agencia moral. Para que la OC tenga límites morales, debe ser un agente moral. El tercer paso consiste en evaluar si esto es así. Los autores sostienen que el enfoque CSP proporciona el marco adecuado para discernirlo. Si se confirma la existencia de agencia moral, el proceso pasa a la cuarta etapa. En caso contrario, se encontrará respuesta en el quinto paso.
- OA atribuible al OC. Sencillamente, si el OC es un agente moral, entonces OA se encuentra dentro de sus límites morales. Esto significa que OA es moralmente atribuible a OC, y OC puede ser considerado moralmente responsable de ello.
- Organización supervisora. Si se concluye que la OC no es un agente moral, entonces la OA podría encontrarse dentro de los límites morales de una organización supervisora (es decir, una organización con propiedad y control formal o informal de la OC). Si existe tal relación y se identifica una nueva OC, se repite el proceso desde el paso tres. Si no existe ninguna organización de control, el proceso pasa al sexto paso.
- OA atribuible a actores humanos. En caso de que no se pueda considerar a ninguna organización moralmente responsable del OA, habrá que identificar a los actores humanos responsables de la acción. En este caso, la responsabilidad moral de la acción se "asigna hacia abajo" a un individuo en lugar de a la organización.
El poder de crear, destruir y cambiar fronteras
Los límites morales de una organización pueden crearse, destruirse o modificarse como resultado de las decisiones tomadas dentro o fuera de la organización.
La creación de un límite moral se produce cuando una organización se convierte en agente moral. Los autores sostienen que dicha organización podría tomar tal decisión, pero únicamente si ya posee una capacidad suficiente para deliberar y fijar sus propios objetivos. Por ejemplo, una sociedad secreta podría tener la capacidad de deliberar y reconocer la autoridad moral de los demás, pero al ser invisible para el mundo, no se considera un agente moral según el enfoque de Mota y Morrison. Sin embargo, esta sociedad puede optar por hacerse visible al mundo y asegurarse de que recibe, procesa y responde a las actitudes reactivas de forma adecuada. Si lo logra, se convierte en agente moral y, en consecuencia, establece su propio límite moral.
Los límites morales se destruyen si se deja de cumplir alguna de las condiciones necesarias para la agencia moral. Esto puede ocurrir, por ejemplo, si, con el tiempo, un director general se consolida en su posición y, debido a su prominencia y control excepcionales, los actores externos que interactúan con la organización comienzan a formar actitudes reactivas hacia el director general en lugar de hacia la propia organización. En este contexto, también es posible que el director general controle de manera tan exhaustiva el diálogo con el entorno externo que ya no tenga sentido hablar de respuestas organizacionales. Por ende, la organización pierde su agencia moral y, por lo tanto, se desmoronan sus límites morales.
Finalmente, las organizaciones tienen la capacidad de modificar sus límites morales modificando el abanico de acciones que llevan a cabo. Este proceso puede llevarse a cabo con relativa rapidez mediante cambios en el personal o en la estructura organizativa.
La complejidad de la responsabilidad moral corporativa
Muchas de las organizaciones con las que interactuamos a diario forman parte de redes extremadamente complejas en las que están involucradas numerosas entidades. En algunos casos, si atribuimos la responsabilidad moral de la misma manera en que atribuimos la responsabilidad jurídica a las organizaciones, podríamos caer en errores y, probablemente, ser injustos. La atribución de responsabilidad moral no es una tarea sencilla y, hasta la fecha, contamos con muy pocas herramientas para abordar dicha tarea.
Mota y Morrison arrojan luz sobre la cuestión al alejarnos de la perspectiva tradicional sobre las organizaciones. En lugar de ello, los autores nos instan a considerar las organizaciones como sujetos de pleno derecho, capaces de actuar en el mundo. Al conceptualizar a las organizaciones como sujetos activos y no como meros objetos pasivos, se puede enfocar la atención en la responsabilidad del agente. De este modo, se facilita la identificación de sus decisiones deliberadas y la posibilidad de exigir rendición de cuentas por ellas.
La investigación de Mota y Morrison no solo replantea la definición de los límites organizativos, sino que también ofrece un marco analítico para identificar las acciones por las cuales una organización puede ser considerada moralmente responsable.
Este marco proporciona, por primera vez, un proceso que aporta claridad a la responsabilidad moral de las organizaciones, sus redes y los individuos que en ellas participan.
Profesora adjunta, Departamento de Sociedad, Política y Sostenibilidad en Esade
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