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Políticas de igualdad: poniendo el foco en las masculinidades

El impacto de las políticas de igualdad de género podría evolucionar más rápidamente y de forma más efectiva si superáramos su enfoque binario: hombres vs. mujeres o mujeres vs. hombres.

Esther Sánchez

Con esta afirmación, no estamos sugiriendo “evitar” o “negar” el concepto de género, que disciplinas como la antropología, la sociología, la psicología y otras ciencias del comportamiento han situado cabalmente como el origen de la discriminación de las mujeres.

Simplemente, estamos planteando detenernos y reflexionar sobre el sesgo “excluyente” y “de confrontación” con que se perciben, en ocasiones, ciertas valoraciones o propuestas de intervención en materia de igualdad.

Cualquier tipo de polaridad arrastra planteamientos que culpabilizan y, en general, reproduce patrones que suelen caer dentro del esquema “víctima vs. perpetrador” y que, por ello, no siempre reflejan la profundidad inherente a la realidad de las cosas.

Deborah Tannen, profesora de Lingüística en Georgetown, en el prefacio de su libro You just don’t understand. Women and men in conversation, nos da una primera pista para iniciar esta labor de exploración. Cualquier declaración en el marco del debate sobre cuestiones de género procedente de las mujeres es percibida por algunos hombres como una acusación.

Cualquier tipo de polaridad arrastra planteamientos que culpabilizan

Algo así como si dijéramos: "¡Vosotros, hombres!", metiendo en el mismo saco a todos y, con ello, desencadenando un sentimiento de despersonalización e, incluso, de difamación, que no se entiende, luego no se comparte, luego se experimenta como algo injusto y, por tanto, genera una reacción negativa.

Como también dice Tannen, pese a las aristas y a los peligros evidentes que surgen al emprender este debate, vale la pena hacerlo.

Negar, ignorar o combatir esta realidad nos devuelve a la casilla de salida. Y, acaso lo más importante, acaba provocando que las estrategias para abordar la igualdad de oportunidades no distingan realmente entre discriminaciones directas (conductas conscientes y dolosas) e indirectas (inconscientes y culpables).

El género es una categoría que ayuda a descodificar las características que se atribuyen a las personas por cuestión de sexo. Lo que “se espera” de ellas a partir de la preasignación de unos estereotipos (cualidades) y de unos roles (funciones).

Sabemos que los rasgos de la personalidad y del comportamiento de las personas dependen de multitud de factores biológicos y sistémicos, que no están relacionados directamente con el género. Pero, como categoría cultural, el género juega un papel determinante e indiscutible en ellos.

Durante muchas décadas de lucha feminista, las mujeres han profundizado en el catálogo de 'estereotipos femeninos' construidos desde las relaciones de poder del patriarcado

Sin embargo, se trata de un papel profundamente condicionado por el contexto social, histórico y temporal (diferenciamos entre histórico y temporal para referirnos, con este último, a los niveles de evolución y de madurez que puedan darse en un momento histórico concreto dentro de los diferentes colectivos de personas).

Durante muchas décadas de lucha feminista desde los años 70, las mujeres han profundizado en el catálogo de “estereotipos femeninos” construidos desde las relaciones de poder del patriarcado. Y, especialmente desde las conferencias mundiales de las Naciones Unidades de Nairobi (1985) y Beijing (1995). Bajo el paraguas del concepto de mainstreaming, han “reconquistado” buena parte de las cualidades que el catálogo de “estereotipos masculinos” reservaba en exclusiva a los hombres.

En este proceso de pensar qué significa “ser mujer”, muchas mujeres han tenido la oportunidad de realizar un viaje interior de conocimiento y de desarrollo, que explica parte de su empoderamiento en muchos ámbitos de la vida privada y pública.

A man and a woman at a conference
Las mujeres han “reconquistado” buena parte de las cualidades que el catálogo de “estereotipos masculinos” reservaba en exclusiva a los hombres (Foto: Lelia Milaya/Twenty20)

Pero, ¿qué ha ocurrido con los hombres? ¿Hasta qué punto se reconocen conscientemente en el mito del cazador, del “druida”, del “bread winner”, del “buen padre de familia”, del “príncipe azul” o del “Don Juan” (mitos, todos ellos, de la “masculinidad hegemónica” en que muchos han sido educados y que ha marcado su proceso de socialización)?

Quizás estos mitos explican su aparente valentía, racionalidad, determinación, autoafirmación, formalidad, rudeza, ambición, competitividad, orientación a resultados y a la resolución de problemas, o eficacia.

O quizás estos mitos nos ayudan a entender por qué los hombres utilizan, en sus discursos, más el “yo” que el “nosotros”; tienden a hablar más que a escuchar; suelen ser más impetuosos y directos en sus conversaciones; preguntan menos e interrumpen más, o reaccionan de forma más agresiva o contrariada cuando se les cuestiona en público o cuando se pone de manifiesto alguno de sus errores o vulnerabilidades.

Y acaso también estos mitos los llevan a naturalizar –hasta el punto que ni siquiera lo aprecian– que la carta de vinos en un restaurante o la cuenta se presenten generalmente a los hombres y no a sus acompañantes femeninas.

El género es una categoría que ayuda a descodificar las características que se atribuyen a las personas por cuestión de sexo

O que en un grupo en que solo haya una mujer que simplemente escucha, los hombres tiendan a mirarse o a interaccionar exclusivamente entre ellos. O que, cuando una profesional joven entra acompañada por un compañero masculino a una sala en que les espera un nuevo cliente, este dirija su mirada y salude primero al hombre, e incluso piense automáticamente que es él quien va a llevarle el caso.

O que se ceda el paso o se ofrezca ayuda para cargar pequeños bultos o pesos, o para ponerse el abrigo, más a una mujer que a un hombre. O que no se vea problema alguno cuando, en una reunión, un hombre parafrasea la intervención de una compañera de trabajo con una entradilla del tipo: “lo que ha querido decir es…”

O que no se considere ofensivo adular a una mujer y saludarla con dos besos y no con la mano, como ocurre generalmente entre hombres, o hacer asunciones sobre la inteligencia, la capacidad profesional, los deseos o los intereses de una mujer por la forma en que viste o por su atractivo.

Hasta aquí, ejemplos de lo visible. Pero, ¿qué hay tras lo visible? ¿Es que siempre les parece bien a los hombres pagar la cuenta? ¿Es que nunca se sienten con miedo, inseguros, vulnerables ni impotentes? Y, si es así, ¿no se sienten agotados por la carga emocional de tener que estar a la altura de las expectativas del rol del “estereotipo masculino” clásico? ¿Muestran su verdadera identidad? ¿Qué fidelidad o mecanismo de supervivencia se esconde tras algunos de sus silencios, cuando observan conductas de sus colegas masculinos claramente sexistas, o cuando son conscientes de que están participando en un foro claramente masculinizado?

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie sostiene que los estereotipos limitan nuestro pensamiento, reprimen la “humanidad” y convierten los “yos” (especialmente los de los hombres) en extremamente frágiles, provocando reacciones hiperbólicas en cadena en los “egos”.

Los estereotipos limitan nuestro pensamiento, reprimen la “humanidad” y convierten los “yos” (especialmente los de los hombres) en extremamente frágiles

Su observación entronca con diversos estudios que se han venido desarrollando especialmente desde la década de los noventa y que analizan el impacto de los estereotipos de género sobre los niños y los hombres. Y, también, con el cambio de estrategia que, desde hace años, impulsan las principales instancias internacionales responsables de promover políticas de igualdad, que abogan por una transición de la visión WID (“women in development”) a la visión GAD (“gender and development”).

Entre otros muchos análisis de este tipo, el documento de trabajo Men and masculinities (2013) de la Organización Internacional del Trabajo proponía convertir la clásica división binaria masculino vs. femenino en un mosaico mucho más rico, con evidentes ventajas, tanto para los hombres como para las mujeres.

En este proceso, las organizaciones encaran dos retos distintos.

En el ámbito organizativo, revisar los procesos para asegurar que no sean palancas indirectas desde las cuales se reproduzcan las dinámicas de poder inherentes a la “masculinidad hegemónica” (Collinson y Hearn).

En el ámbito de las personas, eludir cualquier confrontación hombres vs. mujeres (salvo para la presentación de los datos estadísticos) y situar en el centro de las políticas de desarrollo profesional la promoción de la inteligencia emocional y apreciativa.

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