Los verbos del propósito: Liberarse, recordar, integrar y comprometerse
En la indagación sobre el propósito vital, el proceso de liberarnos de las imposiciones, recordar lo que nos importa, integrar las distintas facetas de la vida y comprometernos con los demás nos permite descubrir nuestra forma única de vivir.
Universidad y propósito
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En la anterior entrega de esta serie de artículos hemos definido la capacidad de saber lo que uno quiere como “la habilidad vital última” y la hemos equiparado a la indagación del propósito vital. A continuación, desgranaremos los cuatro verbos que forman parte del proceso de indagación del propósito vital, dejando el quinto (escuchar) para un apartado posterior.
Liberarse
Los humanos nacemos y crecemos en grupos humanos que nos influyen y de los cuales esperamos reconocimiento. La socialización nos transmite unas formas de vida por las cuales nos adaptamos a estos grupos humanos. Pero estas formas de vida no necesariamente nos hacen felices de verdad. Cada persona, desde una profunda gratitud a los diversos grupos sociales en que ha crecido (familia, escuela, congregación religiosa, universidad, ciudad, país), ha de descubrir su proyecto vital, es decir:
- Su manera única de enfrentarse a decisiones y decidir.
- Su manera única de ser feliz haciendo felices a los demás.
Pero descubrir este proyecto e implementarlo requiere tomar distancia respecto de los proyectos vitales que las personas de nuestro entorno quieren imponernos. Por ello, necesitamos liberarnos de ellos.
Efectivamente, en esta indagación, el estudiante ha de comenzar tomando consciencia de las personas y de los grupos humanos que están influyendo (consciente o inconscientemente; con mala o con buena intención) en la dirección de su vida. Desde la gratitud y el respeto, el estudiante ha de liberarse de estas influencias, porque el propósito vital no puede venir impuesto por ningún otro ser humano —por mucho que nos ame y desee “lo mejor para nuestra vida”—. Se trata, como señala J. Ganesh, de vivir tu vida y no ser la víctima de los acontecimientos.
Sin embargo, a veces tenemos miedo de liberarnos y optamos por vivir sometidos a personas o grupos sociales que ofrecen seguridades o reconocimientos menos problemáticos.
Véase el siguiente testimonio anónimo, reproducido por Lucy Kellaway en el Financial Times, de un/a profesional de unos 40 años que no se ha planteó de joven el problema del sentido de la profesión. “No me hice mayor deseando ser abogado. Pero he acabado siendo abogado porque sacaba buenas notas y me atraía un buen sueldo. Por ello me pasé 6 años, algunos de ellos excelentes, otros no tanto, redactando informes y negociando acuerdos sin sentido con una caterva de almas en pena como yo. Cuando iniciaba la década de los 30 años, decidí dejarlo todo y viajar por el mundo durante 2 años, pero después tuve que volver a trabajar en cosas relacionadas con el derecho para pagar la hipoteca. Ahora estoy al final de la década de los 30 y deseo desesperadamente hacer algo con sentido. Pero tengo obligaciones y he adquirido un cierto nivel de vida. Y me falta el coraje para cambiar completamente, aun sabiendo que podría ser mucho más feliz viviendo otra vida..., pero ¿cómo conseguirla? Y ¿dónde demonios se encuentra? Estoy convencido de que no soy la única persona que desea vivir cada momento como si tuviera sentido”.
Recordar
La juventud es el período en que la persona tiene la oportunidad de tomar consciencia, por vez primera, de su propósito vital. Y es que la propia biografía está suficientemente desarrollada para “saber lo que quiero”, en palabras de Ganesh): para descubrir en su pasado las actividades y las formas de decidir que la han llevado a la felicidad.
El verbo central de esta actividad es recordar: mirar atentamente lo que he vivido y pasarlo por el corazón (re-cor-dar significa, etimológicamente, volver a pasar por el corazón).
Recordar implica un conjunto de prácticas que llevan al estudiante a ser consciente de aquellas actividades que realmente le hacen sentirse feliz, independientemente de si merecen la aprobación de los familiares o de los amigos. Son los valores y las actividades que deberán guiarle en las decisiones de cada presente y en la formulación de sus sueños de futuro.
En este sentido, recordar consiste en observar el pasado propio, deteniéndose en los episodios más significativos que han quedado marcados en la memoria o en el corazón del estudiante. Ya sean momentos de gozo o de dolor, revelan los valores y las actividades que de verdad han hecho feliz a la persona, y que pueden hacerle feliz en el futuro.
Es bueno que estos valores y actividades se puedan expresar, formular de algún modo: mediante una frase, una imagen o incluso un gesto. Y también conviene que esta expresión se vaya actualizando a lo largo de la vida: en ocasión de un episodio biográfico crítico (una enfermedad, la muerte de un ser querido, una migración, un matrimonio, el nacimiento de un hijo...) o en tiempo de revisión/recuerdo sistemático (en un retiro, por ejemplo).
Esta expresión/actualización del proyecto vital se realiza, según el momento, en modo indicativo, en modo interrogativo o en modo imperativo. La formulación en el modo indicativo es: “Mi propósito vital es...”. Este modo aparecerá en épocas de estabilidad. La formulación en el modo interrogativo es: “¿Es este mi propósito vital?” Este modo aparecerá en épocas de duda y desorientación. Véase el consejo que da el poeta Rainer Maria Rilke en Cartas a un joven poeta (Alianza, 1999, pp-44-45) a un joven que está dudando de su elección profesional/vital en relación con el modo interrogativo:
“Usted es tan joven, se encuentra tan antes de cualquier comienzo, que yo quisiera pedirle de la mejor manera que sé, estimado señor, que tenga paciencia con todo lo que no está resuelto dentro de su corazón, y que intente amar las propias preguntas, como habitaciones cerradas y libros escritos en un idioma muy extraño. No busque ahora sus respuestas, que no se le pueden dar, porque usted no podría vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Viva usted ahora las preguntas. Tal vez más tarde, poco a poco, sin darse cuenta, vivirá un día lejano entrando en la respuesta”.
Por último, la formulación en el modo imperativo es: “¡Este es mi propósito vital!” Este modo aparecerá una vez resueltas la duda y la desorientación, cuando haya que pasar a tomar decisiones importantes, que a menudo van acompañadas de diversas resistencias.
Integrar
En las sociedades actuales, vivimos inmersos en contextos y situaciones a veces muy distintas. Y en cada contexto nos vemos impulsados a actuar según unas pautas preestablecidas por la sociedad. En cada situación se espera de nosotros una respuesta estandarizada: se espera que respondamos representando un “rol social” conforme a un guion socialmente predeterminado. En Introducción a la sociología (Limusa-Noriega, 2002, p.135), Peter Berger define la ‘situación social’ como “una especie de realidad convenida ad hoc por quienes participan en ella o, más exactamente, por quienes definen la situación. Desde el punto de vista del participante individual, ello significa que toda situación en que interviene lo enfrenta a unas expectativas específicas y le exige unas respuestas específicas a dichas expectativas”. Cuando respondemos a esas expectativas y actuamos según nuestro rol social, somos recompensados con un reconocimiento positivo.
Así, en las diversas situaciones nos veremos empujados a actuar según distintos valores: a representar roles diferentes. Como resultado de esta diversidad, puedo acabar actuando como un padre o madre exigente, un marido o esposa tierno y sumiso, un profesional agresivo y competitivo, un miembro de la comunidad religiosa ciegamente obediente a la autoridad, un ciudadano siempre crítico con el poder político, un esforzado amateur del violín o un descuidado practicante de la oración personal.
Seguramente ninguno de estos roles que me toca representar expresa fielmente mi propósito vital. Para saber finalmente quién soy yo, que represento tantos papeles distintos, hay que emprender una labor de integración. Se trata de revisar las diversas situaciones en que me encuentro implicado y descubrir qué formas únicas de enfrentar situaciones y decidir se repiten y me hacen feliz a mí, o yo hago feliz a los que me rodean. Esta integración es la que hará que las distintas situaciones sean ocasión de expresar mi manera única de ser: de ser padre o madre, de ser marido o esposa, de ser profesional, de ser creyente, de ser ciudadano, de ser amateur del violín o de ser practicante de la oración.
Comprometerse
La forma única de ser quien soy yo es algo íntimo que necesita ser expresado en decisiones y acciones que me proyectan hacia la sociedad. Sin decidir, no puedo verificar si soy feliz haciendo felices a los que me rodean. Pero decisiones momentáneas y reversibles no llevan a ningún tipo de felicidad. Se necesitan decisiones estables en el tiempo y enmarcadas en organizaciones o instituciones.
Hannah Arendt denomina promesas estas decisiones estables y enmarcadas. Sin la promesa en una organización o una institución, la persona queda atrapada en contradicciones, oscuridad y equívocos. En La condición humana (1993, Paidós, pp. 256-257), escribe:
“Sin estar obligados a cumplir las promesas, no podríamos mantener nuestras identidades; estaríamos condenados a vagar desesperados, sin una dirección fija, en la oscuridad de nuestro corazón solitario, atrapados en sus contradicciones y en sus equívocos; una oscuridad que solo desaparece con la luz de la esfera pública, mediante la presencia de los demás, que confirman la identidad entre el que promete y el que cumple.”
Cuando la promesa nos pone en contacto con los demás, se convierte en compromiso. Los demás nos requieren el cumplimiento de la promesa y nos acompañan con sus propias promesas. Entonces se da el com-promiso: la promesa compartida.
Solo el compromiso hace fecunda a la persona. Pensemos en todo y en todos los que nacen y crecen gracias al compromiso: la vida de los niños; las obras producidas por pensadores, literatos o místicos; las teorías que formulan los científicos de los diversos campos del conocimiento; las obras de arte de los escultores, los pintores, los músicos o los cineastas; las organizaciones económicas iniciadas o continuadas por gerentes que satisfacen de forma eficiente las necesidades materiales de las personas; las acciones de los líderes de movimientos y organizaciones sociales que promueven los derechos humanos; las instituciones conservadas o transformadas por juristas o por políticos; los edificios diseñados por arquitectos y construidos por maestros de obras y albañiles; la energía y la motivación que reciben los alumnos de un buen maestro o una buena profesora... Todos estos frutos son posibles porque la persona ha realizado una promesa junto a otros.
En cualquier caso, pueden darse casos o momentos en que las organizaciones o instituciones donde nos hemos comprometido nos impidan desplegar el propósito vital. La persona puede quedar atrapada por influencias interesadas que bloquean su fecundidad. Es el momento de volver a iniciar el proceso de indagación con el verbo liberarse.
En el siguiente artículo exploramos cómo estos cuatro verbos (liberarse, recordar, integrar y comprometerse) se conjugan con un quinto (escuchar), que tiene lugar cuando la persona está abierta a recibir influencias de más allá de sí misma.
Profesor titular, Departamento de Sociedad, Política y Sostenibilidad en Esade
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Profesor asociado, Departamento de Dirección General y Estrategia en Esade
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