El enemigo invisible: Siete trampas mentales que todo líder debe conocer

El desarrollo directivo no solo pasa por adquirir nuevas habilidades, sino también por desmontar patrones limitantes. Estos consejos nos permiten detectar y neutralizar nuestras formas de autosabotaje.

Carlos Royo

Estar constantemente expuestos y atentos a cambios externos de todo tipo a menudo desvía el foco de una transformación que puede ser decisiva en el crecimiento personal y profesional: el cambio desde uno mismo. ¿Conocemos nuestras propias barreras lo suficiente? ¿Cómo nos condicionan frente a los retos de hoy? ¿Cómo desactivarlas? 

Muchos de los límites que condicionan el desarrollo personal y profesional no se encuentran en el contexto, ni en los recursos disponibles, ni en los demás. Están instalados en nuestra mente: son formas de pensar que filtran la realidad, merman nuestro criterio e incapacitan nuestro talento. En un momento en el que se nos exige visión y adaptabilidad, detectar y desactivar esas barreras puede suponer una gran ventaja. 

Carlos Royo, profesor asociado del Departamento de Dirección de Personas y Organización de Esade, propone este ejercicio de introspección. Bajo el prisma del neuromanagement, Royo identifica siete patrones de pensamiento que operan como sutiles barreras mentales a menudo normalizadas. Reconocerlas y aprender a gestionarlas no solo impulsa la mejora personal, sino que favorece la capacidad de liderazgo, generando entornos de trabajo más sanos y una toma de decisiones más eficaz. 

En este artículo ofrecemos algunas pinceladas sobre estas siete trampas mentales, desarrolladas en detalle en Harvard Deusto Business Review

1. El perfeccionismo 

Cuando la autoexigencia se convierte en hábito, se puede caer en una lógica de esfuerzo sin fin. El patrón perfeccionista se basa en una creencia sutil, pero nociva: nada está suficientemente bien, nunca es el momento de acabar, no hay límites. Esta mentalidad distorsiona la percepción del propio desempeño y genera una insatisfacción crónica que contamina la toma de decisiones, la relación con el equipo y la propia motivación.  

Cómo revertirlo

El profesor Royo propone fomentar una cultura de excelencia —que no es lo mismo que la perfección— y promover una priorización efectiva —definir qué es crítico y qué es secundario—. Valorar el progreso más que el resultado perfecto ayuda a desactivar la parálisis por análisis y permite liderar desde una mejor perspectiva.  

2. Conmigo o contra mí 

Ganar o perder, aliados o enemigos. Esta lógica polarizada que convierte cualquier diferencia en una amenaza a menudo impregna las relaciones profesionales o incluso los proyectos. Pero lo que puede parecer determinación es, en realidad, un patrón mental que opera desde la desconfianza. El resultado es una actitud perpetuamente defensiva que genera desgaste personal, dificulta la colaboración y tensiona las relaciones.  

Cómo cambiar la mirada  

El cambio implica sustituir el marco de “oposición” por una mentalidad win-win más colaborativa. Antes de reaccionar hay que escuchar sin prejuicios, aprender a gestionar las emociones y ser reflexivo. Así se amplía la capacidad de influencia y se evita la creación de bandos enfrentados. 

3. La búsqueda de aprobación  

El deseo de agradar y ser validado puede volverse una cárcel mental en la que importa más lo que piensen los demás y ser políticamente correcto que el criterio propio. En este patrón, es recurrente realizar consultas constantes, evitar el conflicto y medir cada palabra para no salirse del guion de lo “aceptable”. Royo alerta sobre el coste de esta trampa: decisiones postergadas, liderazgo ambiguo e ineficacia en la toma de decisiones.  

La alternativa  

Hay que fomentar la confianza en el criterio propio, aceptar la incomodidad de la disonancia, deshacerse de la comparación permanente y expresar ideas sin esperar el aplauso. Liderar desde la autenticidad ––no desde la adaptación permanente o desde la expectativa de aprobación–– proyecta seguridad, permite relaciones más honestas y decisiones más firmes.  

4. Exceso de control

El miedo a delegar o la desconfianza en los demás lleva a ejercer una supervisión excesiva. Esto ralentiza los procesos, bloquea a los equipos y nos aparta de las funciones más estratégicas. Puede parecer una forma distinta de perfeccionismo, pero lo cierto es que esa necesidad de estar siempre en guardia suele deberse a un temor de fondo: recurrimos al control exagerado por miedo a que, de lo contrario, se pueda desatar el caos.  

Cómo soltar sin perder liderazgo 

Royo recomienda desarrollar la tolerancia a la incertidumbre y eliminar la microgestión. Delegar con claridad, priorizar la información y poner el foco en los resultados más que en los procesos potencia la creatividad y autonomía de los equipos.  

5. No exponerse: el miedo al juicio 

Una idea no expuesta, una propuesta no defendida, un punto de vista que no se comparte... Todo se deben a una trampa mental que implica autocensura, inseguridad y miedo a ser evaluado. A menudo se relaciona con el conocido “síndrome del impostor”, un miedo a no estar a la altura que impide expresarse con libertad, limita la capacidad de influencia y lleva a tomar decisiones más conservadoras.  

Cómo superarlo  

Para superar esta barrera hay que prepararse bien, reforzar la propia visibilidad dentro del organigrama y reconocer el valor de nuestras contribuciones. También ayuda participar en distintos foros con argumentos sólidos bien fundamentados, así como asumir que expresar una idea ––aunque no sea perfecta–– es parte del crecimiento personal. Además, sin exponer puntos de vista no es posible inspirar a los demás.  

6. Dificultad para conectar con los demás  

No involucrarse emocionalmente puede ser un escudo, pero también nos desconecta de los demás. Y ser accesible no es lo mismo que ser cercano. Cuando la empatía falla, no solo se genera desconfianza, sino que se limitan las relaciones interpersonales y se reduce el nivel de compromiso de los equipos. Por otro lado, una actitud narcisista que utilice la sociabilidad de modo instrumental puede parecer útil para conseguir logros rápidos e influencia, pero a largo plazo genera desconfianza y aislamiento.  

Cultivar la empatía  

El profesor Royo propone integrar conscientemente la dimensión emocional en el liderazgo: escuchar con atención, reconocer lo que sienten los demás y mostrar cercanía cuando el contexto lo requiere. La capacidad de influencia se basa en la confianza, no en la estrategia fría.  

7. Olvidarse de uno mismo  

La voluntad de ser siempre útil, estar siempre disponible o anteponer a todos por delante de uno mismo oculta a menudo una dificultad para poner límites. También subyace la creencia de que, para ser valorado, hay que ser necesario. Royo advierte del coste: la sobreadaptación conlleva desgaste personal, dependencia del equipo y pérdida del foco estratégico.  

Cómo cambiarlo  

Escuchar no es ceder siempre, así como ayudar no significar cargar con todo. Hay que establecer un equilibrio entre las necesidades ajenas y las propias, delegar sin culpa ni miedo y practicar un liderazgo más sostenible. Saber decir ‘no’ es iniciar un liderazgo consciente, empezando por uno mismo.  

Liderar también es liderarse

No es fácil librarnos de las trampas mentales que nos acechan en el día a día, pero sí que podemos empezar a limitar el poder que ejercen sobre nosotros si tomamos consciencia de ellas. El profesor Royo invita a incorporar esta visión y transformar estas barreras en una oportunidad para cambiar y crecer. Para ser capaces de liderar equipos y empresas con éxito, es necesario empezar por liderarse a uno mismo. 

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