¿Genera más guerras el cambio climático?
Un nuevo estudio identifica los factores y políticas que influyen en la dinámica entre cambio climático y conflictos violentos en Oriente Medio y el Norte de África (MENA).
El clima está cambiando más rápidamente que nunca. El calentamiento global añade una carga más a los países que ya padecen inestabilidad política y riesgos de seguridad. La región de Oriente Medio y el Norte de África es la zona del mundo con mayor estrés hídrico, ya que en ella están 13 de los 20 países que sufren más escasez de agua del mundo. Según las predicciones sobre el calentamiento global, se espera que se produzca un aumento de 1,5 °C, pero se calcula que las temperaturas aumentarán hasta 4° C en dicha región.
Las poblaciones locales ya sufren los efectos del ascenso de las temperaturas en forma de fenómenos meteorológicos extremos, inseguridad hídrica y alimentaria y disminución de los medios de subsistencia. Es esencial entender los problemas climáticos y medioambientales que vive la región para progresar en el trabajo que se lleva a cabo para consolidar la paz y el desarrollo con el fin de reforzar la resiliencia local, así como para impulsar la transición ecológica en la región.
La vulnerabilidad de los países al impacto climático es el resultado de su poca capacidad para adaptarse a las temperaturas extremas, las olas de calor y la escasez de agua. Cuando esto se combina con otros factores que provocan inseguridad, como una gobernanza débil, la pérdida de medios de subsistencia, la explotación por parte de las élites, la migración y el hecho de tener que competir por unos recursos escasos, el riesgo de conflicto es mayor.
El cambio climático añade una carga más a los países que ya padecen inestabilidad política y riesgos de seguridad
Según la revisión bibliográfica sistemática llevada a cabo por Tània Ferré Garcia (Esade) y Kyungmee Kim (Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz), para fundamentar el debate y determinar las políticas, es esencial comprender las complejas relaciones que hay en juego y cómo interactúan en los contextos locales. Las conclusiones de las investigadoras arrojan luz sobre dichas relaciones, al indicar que operan principalmente a través de vías indirectas y diversas, lo que destaca la importancia de evitar hacer suposiciones simplistas.
Su estudio, que se publicó recientemente en la revista International Studies Review, proporciona pruebas importantes que sirven de base para plantear políticas de adaptación al clima y mitigación de desastres naturales.
La gobernanza y su papel en la adaptación al clima
La gobernanza desempeña un papel fundamental en la prevención, previsión y adaptación a los riesgos. La vulnerabilidad a los efectos del cambio climático está intrínsecamente interconectada con las políticas socioeconómicas que se hayan aplicado previamente y con la capacidad de adaptación al clima de cada país.
Las investigadoras detectaron diferencias considerables en cuanto a cómo afectaron las sequías a la zona conocida como “el creciente fértil” o “la media luna fértil”. Jordania, Palestina y Siria sufrieron reducciones considerables de la producción agrícola, mientras que las regiones con una gobernanza del agua más fuerte, como el noroeste de Irak y el sureste de Turquía, demostraron tener una mayor resiliencia a los efectos del cambio climático. También señalan que el agotamiento de las aguas subterráneas, provocado por la sobreexplotación de los acuíferos, tiene un efecto significativo en el aumento de la vulnerabilidad a la sequía.
La gobernanza desempeña un papel fundamental en la prevención, previsión y adaptación a los riesgos
El agotamiento de las aguas subterráneas en algunas zonas de la región MENA se atribuye, en gran medida, a las políticas agrícolas e hídricas no sostenibles aplicadas por los gobiernos. Las aguas subterráneas constituyen una reserva durante las sequías, y usarlas de forma no sostenible hace que los agricultores sean más vulnerables a las mismas.
En algunas situaciones, las élites políticas usan las subvenciones para asegurarse de que cuentan con el apoyo de los agricultores a costa del medio ambiente. Estas políticas hídricas y agrícolas no sostenibles no son únicamente la consecuencia de una mala gestión técnica, sino que están integradas en un contexto político y en una ideología mucho más amplios. Por ello, para comprender la conexión que existe entre clima y conflicto en la región MENA, es importante tener en cuenta los factores políticos en la vulnerabilidad climática.
En general, los patrones identificados por las investigadoras indican que, aunque el cambio climático afecta a la seguridad alimentaria, la escasa capacidad gubernamental y las desigualdades estructurales existentes empeoran la situación. Lo que, a su vez, indica que es posible mitigar las vulnerabilidades sociales, políticas y ecológicas aplicando políticas públicas y tomando decisiones firmes en cuanto a la gobernanza de los recursos naturales.
El efecto en los medios de subsistencia
Una serie de investigaciones previas han demostrado que la dependencia de la agricultura como medio de subsistencia es uno de los principales factores predictores de conflictos violentos. En la región MENA, la agricultura, la pesca y la ganadería representan, aproximadamente, el 15% de los medios de subsistencia. Durante los últimos 30 años, la creciente gravedad de las sequías ha exacerbado la inseguridad alimentaria y la pérdida de medios de subsistencia.
En Jordania y Cisjordania, por ejemplo, hubo una disminución de la producción agrícola tras la sequía de 2007-2008, y en 2008-2009, la producción anual de trigo disminuyó un 35% en Irak. Pero afectó de forma más grave a Siria, un país en el que la sequía que hubo dos años antes del conflicto civil se consideró la peor de la historia.
La dependencia de la agricultura como medio de subsistencia es uno de los principales predictores de los conflictos violentos
La población ganadera quedó diezmada, las cosechas se perdieron y el sector agrícola se vino prácticamente abajo. Sin embargo, las consecuencias fueron mucho menores para los agricultores de Turquía, un país en el que se hicieron grandes inversiones en infraestructuras hídricas durante las décadas de 1990 y 2000.
La revisión bibliográfica realizada por las autoras también reveló que el género, la edad y el origen étnico son factores que juegan un papel importante a la hora de determinar el impacto desproporcionado del cambio climático. A las mujeres, por ejemplo, les afecta desproporcionadamente, ya que las obliga a tener que realizar otras actividades, además de las tareas agrícolas y domésticas habituales.
Cambios en las migraciones y en los patrones de movilidad
Una de las estrategias de adaptación más comunes de las poblaciones afectadas por los cambios medioambientales provocados por el clima es la migración. La narrativa popular y muy extendida es que el cambio climático provoca la migración masiva de las poblaciones rurales a las zonas urbanas lo que es una causa de inestabilidad política. Del mismo modo, se percibe que la migración provocada por el clima es una fuente de inseguridad, conflictos y mayor competencia por unos recursos ya de por sí escasos.
Este argumento cobró fuerza cuando se produjo el colapso del sector agrícola sirio en 2010, antes de la sublevación de la Primavera Árabe de 2011, que posteriormente derivó en la guerra civil. Sin embargo, según la revisión bibliográfica de las autoras, más que la migración masiva, los factores que desencadenaron el levantamiento sirio fueron el descontento político, la recesión económica, el desempleo juvenil, la discriminación y la injusticia social.
Las autoras ponen de relieve que cada vez se tiene una mayor percepción de que una afluencia de migración desde Palestina, Irak y Siria a Jordania provocada por el clima, agravaría la escasez de agua y, por consiguiente, empeoraría la seguridad. Asimismo, el análisis aclara de qué forma la percepción de la amenaza que suponen los llamados “refugiados climáticos” ha determinado las prácticas discriminatorias del gobierno israelí contra los refugiados africanos y las comunidades beduinas.
Sin embargo, el estudio cuestiona esta conexión y sugiere que las condiciones socioeconómicas y las decisiones políticas preexistentes influyen en la migración del campo a la ciudad en la región de Oriente Medio y el Norte de África (MENA), y que es más probable que el flujo de solicitantes de asilo dependa de la estabilidad política del país de origen.
Utilizar el agua como arma
El análisis de la bibliografía aportó pruebas de que los grupos armados controlan el agua y la han convertido en un arma. Durante las guerras civiles, se produjeron ataques contra las infraestructuras hídricas en Siria, Libia y Yemen; y lo mismo ha sucedido durante el prolongado conflicto entre Israel y Palestina.
La cada vez mayor escasez de agua ha influido en las estrategias de los grupos armados y en sus decisiones sobre cuándo y dónde utilizar la fuerza. Los combates se intensifican durante la temporada de cultivo, cuando se recaudan los impuestos por las cosechas y se controla a la población que depende de la agricultura.
Ante las sequías recurrentes, los grupos armados utilizan cada vez más el agua como arma
Los grupos armados también han utilizado el agua como herramienta de gobierno. El Estado Islámico consiguió tener una mayor credibilidad cuando suministró agua y electricidad a la población local. Por otro lado, los combatientes pueden restringir el suministro para reducir el control y poner en entredicho la legitimidad de los órganos de gobierno.
La explotación por parte de las élites
El cambio climático puede hacer que las élites tengan más oportunidades de apropiarse de la ayuda humanitaria en su beneficio propio. Se trata de una dinámica que se puede agravar cuando se producen catástrofes provocadas por el clima y se activan los consiguientes fondos de ayuda, un momento en el que las élites locales y centrales influyen considerablemente a la hora de planificar y distribuir la ayuda.
Esta explotación por parte de las élites y el sesgo político que se pone de manifiesto están relacionados con las protestas violentas y la escalada del nivel del conflicto. Tras la sequía que sufrió Siria en 2007-2008, el gobierno orientó los esfuerzos de las operaciones de ayuda de la ONU de forma que se centraran exclusivamente en el distrito árabe de Al-Shaddadi, a pesar de que la sequía afectó por igual a las comunidades kurdas.
La mala gestión y la corrupción en el sector público afectan al acceso de la población al agua y a los servicios básicos
La mala gestión del sector público, el clientelismo y los procesos burocráticos que hacen que para los funcionarios sea más fácil practicar el soborno, agravan la escasez de agua provocada por el clima y pueden desencadenar protestas generalizadas. En la región MENA, las élites han utilizado el cambio climático como excusa para justificar los errores del gobierno que han resultado en un menor acceso al agua y en el fracaso de las políticas agrícolas.
Valorar las vías de inseguridad climática
Existen una serie de factores diversos e indirectos que influyen en la capacidad de la sociedad para afrontar el cambio climático y los fenómenos meteorológicos extremos. En la región MENA, la mala gestión de la tierra y del agua, la competencia entre élites y los conflictos existentes han agravado el riesgo climático.
Esto se ha traducido en muchas vías de inseguridad climática, en las que el riesgo de que se produzca un conflicto violento depende de las relaciones sociopolíticas preexistentes, así como de las vulnerabilidades de las comunidades y grupos locales.
Si queremos desarrollar una adaptación y mitigación climáticas eficaces, es fundamental seguir investigando para descifrar la complejidad de dichas relaciones. No existen suficientes estudios sobre temas como el impacto de las inundaciones, las olas de calor y las tormentas de arena, a pesar de que pueden generar una gran inestabilidad.
Además, Ferré Garcia y Kim sugieren que también debería examinarse el papel que desempeñan las protestas no violentas y de qué forma el activismo climático interactúa con los sistemas políticos establecidos. Finalmente, concluyen que comprender mejor la compleja y diversa relación que existe entre clima y conflicto puede ayudar a las partes interesadas a anticipar el riesgo y responder mejor.
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