La encrucijada del orden liberal internacional

El orden liberal internacional enfrenta una profunda crisis de legitimidad y eficacia. Para preservar su vigencia, deben garantizarse buenas condiciones materiales a las poblaciones y una gobernanza global más participativa.

Alejandro Santana

Se presupone que la interacción de los diferentes componentes de una sociedad puede contribuir a establecer un orden social que facilite la estabilidad de esta última. Esos componentes pueden comprender la estructura social, las instituciones, las relaciones sociales, las interacciones y el comportamiento social, así como las características culturales. Por eso, el orden social surge cuando los individuos acuerdan un contrato social compartido que establece ciertas reglas y leyes, las cuales deben cumplirse para mantener unos estándares, valores y normas que contribuyan a la estabilidad de ese orden. De hecho, el orden social a través de esas normas y leyes proporciona unos patrones de comportamiento que permiten la realización de valores indispensables para la vida social (Bull, 1977).  

Eso no quiere decir que todos los patrones de comportamiento contribuyan a ese orden, solo aquellos que protegen los valores indispensables para mantener una vida social estable (Tadashi, 2021). Teniendo en cuenta lo anterior, permítanme hacer algunas reflexiones sobre el orden liberal internacional, el cual ha sido un orden de carácter occidental que fue teorizado por Deudney e Ikenberry (1999) y que, según este último, ha dominado el mundo durante los últimos 70 años (Ikenberry, 2018).  

Los objetivos y principios del orden liberal internacional

Para comenzar, la primera pregunta que debo plantear es ¿qué debemos entender por un orden internacional liberal? En principio, se puede considerar que ese orden surge como resultado de establecer un orden internacional sustentado en los valores liberales, como son la libertad individual en la esfera económica, la separación de poderes o la igualdad ante la ley. De hecho, este orden es el producto de la mezcla de dos proyectos que fueron desarrollados durante el proceso de conformación de las sociedades modernas en Occidente. Por una parte, el sistema moderno de Estados que tiene su origen en el acuerdo de la Paz de Westfalia (1648), el cual defendía el principio de la soberanía inviolable de los Estados-nación al considerarlos actores soberanos e independientes, y por la otra, un orden de origen angloamericano surgido entre siglos XIX y XX, cuyos principios políticos rectores han sido la apertura económica, la cooperación en materia de seguridad y la creación de instituciones de carácter multilateral (Ikenberry, 2011; otros).  

El orden liberal se ha caracterizado por buscar la estabilidad de la economía, la cooperación y la idea de un ‘mundo libre’

Por lo anterior, la intención de ese proyecto era darle un carácter internacionalista: fue a través de la creación de acuerdos e instituciones como el Acuerdo de Bretton Woods y el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) en 1947, entre otros, que Estados Unidos y sus aliados occidentales han intentado promoverlo en todo el mundo. Pero al mismo tiempo, ese orden se ha caracterizado por intentar mantener la estabilidad de la economía internacional, la cooperación y defender la idea de un “mundo libre”. El objetivo ha sido consolidar un proyecto liberal que al mismo tiempo genere progreso material a través de un proceso de globalización económica, el cual, especialmente a partir de los años 80, se ha visto sustentado en la ideología neoliberal. No debemos olvidar que uno de los objetivos de las sociedades modernas es promover el progreso para lograr el bienestar material de sus individuos.  

Por otra parte, las grandes potencias occidentales, lideradas por Estados Unidos, han tratado de influir en la mayoría de los países y regiones del mundo, pensando que ese orden internacional liberal sería predominante al terminar la Guerra Fría. Como señalaba Ikenberry (2018), había motivos para pensar que el devenir de la historia avanzaba hacia una dirección más internacionalista, progresista y liberal después del término de ese período. Sin embargo, no ha sido posible consolidar ese orden. Incluso, algunos expertos consideran que no está claro en qué medida ese orden es abierto, ni cuáles son sus reglas (Kundnani, 2017). Tampoco está claro si estamos hablando de un liberalismo político, económico o quizá del uso y enfoque que los teóricos de las relaciones internacionales dan a ese término para diferenciarse de otras escuelas, como la escuela del realismo político, que se centra en el interés nacional, la seguridad y el poder (Kundnani, 2017). Por todo ello, el término presenta cierta complejidad y confusión.  

Factores explicativos de la crisis del orden liberal

En la actualidad, se está desarrollando una narrativa dominante que hace énfasis en la crisis del orden internacional liberal (Williams, 2025). Eso nos lleva a preguntarnos ¿Qué factores están contribuyendo a reforzar esa narrativa? 

Un primer aspecto que debemos destacar es que un orden internacional depende en primera instancia de la distribución de poder (Mearsheimer, 2019). En ese sentido, un orden debe contar con una potencia hegemónica que lo promueva. Tal es el caso del orden internacional liberal, el cual ha sido promovido bajo el liderazgo hegemónico de Estados Unidos, como consecuencia de su victoria ideológica frente al URSS. Eso provocó que Estados Unidos se convirtiera en el líder hegemónico que trato no solo de promoverlo, sino de consolidarlo a nivel internacional. Sin embargo, ese orden no ha logrado su objetivo porque solo se ha desarrollado en Occidente y, en consecuencia, es un orden limitado (Mearsheimer, 2019). Hay escasas evidencias de que el liberalismo haya sido aceptado en la mayor parte del mundo, ya que podemos encontrar gobiernos sustentados en aspectos religiosos (como el caso de Irán), estados autocráticos (como el caso de China o Rusia) y, por supuesto, regímenes conservadores (Mearsheimer, 2019). 

En ese sentido, asistimos a una nueva distribución del poder donde es evidente que Estados Unidos y sus aliados occidentales han visto una disminución de su poder e influencia. Cada vez les cuesta más imponer su agenda y su visión del mundo. Un claro ejemplo es las sanciones impuestas a Rusia por su invasión a Ucrania, ya que no todos los países en desarrollo las están apoyando. Sin embargo, no se puede sostener firmemente que estemos en un orden caracterizado por la multilateralidad (Ikenberry, 2018). De hecho, no existe un consenso entre los especialistas en cuanto a considerar un orden multilateral, basado en instituciones y los estados que trabajan juntos para lograr objetivos comunes, como un proceso irreversible y esencial del sistema internacional. Incluso, considero que estamos presenciando un orden que está atravesando por un proceso de formación de polos de poder que no acaban de consolidarse y, por el contrario, está en constante cambio en relación con su configuración. 

El reconocimiento de la igualdad entre Estados-nación no se ha visto reflejado en el orden liberal internacional

Un segundo aspecto que destacaría es el siguiente. El sistema de Westfalia de 1648, como mencioné antes, fue la base estructural del orden internacional que conocemos, al intentar reconocer la igualdad de sus integrantes. Sin embargo, ese reconocimiento de igualdad entre Estados-nación no se ha visto reflejado en el orden liberal internacional, ya que existe una clara estratificación de poder entre ellos. Es evidente que ese proyecto ha sido liderado por Estados Unidos y, en menor medida, por sus aliados occidentales. Sin embargo, los países que han adoptado en mayor o menor grado formar parte de ese orden y los que lo desafían no solo han puesto en duda la hegemonía estadounidense, sino que consideran que es importante que su voz e intereses sean tenidos en cuenta. 

Un tercer aspecto que destacaría es que el orden liberal internacional, sus instituciones y principios, están enfrentando una fuerte amenaza proveniente de los poderes iliberales a nivel internacional (Ikenberry, 2018; Williams, 2025). Es evidente que las potencias revisionistas en ascenso o potencias autoritarias, como podrían ser China y Rusia, están en desacuerdo sobre la forma en que las potencias occidentales han intentado orientar ese orden basándose en la ideología neoliberal y promoverlo a todos los rincones del planeta desde finales de la Guerra Fría. Como señala Kundnani (2017), Rusia quisiera regresar al orden establecido en la Conferencia de Yalta (1945), cuando los estados con diferentes ideologías y sistemas políticos coexistían. En cambio, China considera que el Estado, como entidad soberana, debe jugar un papel central como mecanismo de regulación tanto económico como político de cada país y que cada entidad estatal pueda decidir su forma de gobierno. Si bien China reconoce y acepta la importancia de la globalización económica, considera que el Estado debe ser el garante del funcionamiento y estabilidad de esta última. Eso explica porque estas potencias revisionistas tratan de formar alianzas para conseguir cambios en el equilibrio global de poder, ya que no parecen estar de acuerdo en que Estados Unidos continue siendo la potencia hegemónica y, por tanto, que el orden que ese país promovió siga siendo el que prevalezca a nivel internacional.  

El orden internacional solo será más estable y legítimo si da voz a los países en desarrollo para alcanzar una gobernanza más sólida

En cuanto a los populismos nacionales, se podría considerar que ha sido un síntoma de la crisis del orden liberal internacional. De hecho, el populismo en Estados Unidos y la mayoría de los países occidentales se ha convertido en contraconcepto asimétrico de la democracia (Houwen, 2011). Los discursos populistas buscan una supuesta o falsa refundación de la democracia en torno a la unidad entre el líder y el pueblo, basándose en el desprestigio de los líderes políticos tradicionales. Por lo cual, se mantiene una relación antagónica entre la élite política y el pueblo que trata de expresar sus intereses a través de la política. Eso explica porque los movimientos o partidos populistas utilizan el populismo como estrategia política, ya que el líder personalista o populista trata de gobernar con el apoyo de sus seguidores (Weyland, 2017). Eso lo podemos observar en Europa Occidental, donde los partidos populistas o de extrema derecha están proliferando pese a que la ideología liberal o neoliberal es predominante.  

Uno de los factores que pueden explicar el predominio de los movimientos o partidos populistas es la desconfianza que existe hacia las instituciones gubernamentales. Según la encuesta realizada por ICIP-Esade EcPol, Polarización y convivencia en España 2021, es destacable la desconfianza hacia las principales instituciones de ese país (Garmendia, Amuitz y León Sandra, 2022). Asimismo, el Latinobarómetro de 2021 reveló que la confianza en los gobiernos latinoamericanos se redujo del 46 % en 2010 al 27 % en 2020, y en los partidos políticos disminuyó del 24 % en 2013 al 13 % en el último año. Esto se puede explicar porque la ciudadanía asume que la clase dirigente tiene una naturaleza elitista y, en consecuencia, no se preocupa por los intereses y necesidades sociales de la primera. A parte, la desigualdad que ha generado la globalización económica, promovida por la ideología neoliberal, provoca que gran parte los trabajadores de los países occidentales, especialmente en Estados Unidos, sientan frustración por su precaria condición laboral. Estos elementos se conjugan para facilitar que los partidos de extrema derecha y los movimientos populistas adquieran cada vez más importancia en el espacio político en Occidente, ya que una parte de la población comienza a tener preferencia por esos partidos porque tiene la expectativa de que ellos mejoraran su situación y sus problemas. 

Un cuarto factor que es importante destacar es el ascenso de Donald Trump al poder en Estados Unidos, en tanto que el presidente estadounidense se ha mostrado hostil a ese orden liberal. Con su insistencia de “make América great again” y las políticas que ha llevado a cabo en materia comercial y migratoria, él ha mostrado un espíritu antiglobalista, nacionalista, popular y, en consecuencia, iliberal. Por ejemplo, la decisión de proponer un aumento de los aranceles y, en algunos casos, de aumentarlos está afectando a la gran mayoría de sus socios comerciales y aliados occidentales. Para él, la defensa de los intereses americanos requiere limitar y revertir la integración del proceso de globalización económica, sustentada en la ideología neoliberal, especialmente porque él asume que algunos países se han visto beneficiados por ese proceso a costa de Estados Unidos. Donald Trump insiste en que Estados Unidos ha sido perjudicado por este proceso, en tanto tiene déficits comerciales significativos con varios países, como es el caso de China. A parte, considera importante que las empresas multinacionales americanas regresen al país para contribuir a generar empleo y que los ingresos económicos que obtengan sean invertidos en él. Esto es solo una muestra de que no está dispuesto a continuar dando apoyo al orden internacional liberal que Estados Unidos había promovido porque considera que perjudica al país.  

La crisis de las democracias liberales

Si bien los factores arriba mencionados explican la narrativa de crisis de ese orden, es importante destacar que esta ha traído como consecuencia una crisis de las democracias liberales. Dicha crisis se explica por la desigualdad económica y la pérdida generalizada de confianza en la capacidad de las instituciones públicas para satisfacer las necesidades de los ciudadanos, como había mencionado antes. Pero no solo eso: los sistemas de partidos están cambiando con el surgimiento de los partidos populistas y radicales, los cuáles han visto incrementar su presencia en Europa. Al menos es evidente que el retroceso de las democracias liberales es una realidad en Europa Occidental. Casos como Hungría o Polonia así lo están evidenciando, así como la mayor presencia de la extrema derecha en países como Francia.  

La democracia está sufriendo un proceso de desconsolidación caracterizado por una creciente indiferencia de los votantes

Hay un factor explicativo que se conjuga con el surgimiento de estos partidos populistas, que es la polarización afectiva. Esta propicia la convergencia de las identidades partidistas con otras identidades sociales, como podría ser la racial o la territorial, y la percepción de una creciente distancia ideológica entre los partidos políticos (Rogowski and Sutherland, 2016; Webster and Abramowitz, 2017; and West e Iyengar, 2022). Los estudios comparativos y experimentales evidencian que existe una relación entre la polarización ideológica y la afectiva que provoca que a medida que los partidos políticos se distancian ideológicamente entre sí, los votantes también lo hagan y, eso conlleva a que estén más dispuestos a mostrar hostilidad hacia quienes consideran oponentes ideológicos (Rogowski and Sutherland, 2016; Webster and Abramowitz, 2017). Eso explica el surgimiento de los partidos populistas, ya que su agenda política se puede ubicar en los extremos opuestos del espectro ideológico, pero que al mismo tiempo afecta a la democracia liberal porque divide a la sociedad. Eso no facilita poder llevar a cabo procesos de deliberación que permitan alcanzar soluciones que sean aceptadas por el conjunto de la sociedad. De ahí que se pueda considerar que la democracia está sufriendo un proceso de desconsolidación caracterizado por una creciente indiferencia de los votantes hacia la democracia y, en consecuencia, a un cierto fracaso de la democracia liberal (Kudnani, 2020).  

Por eso, si el orden social es esencial para una vida social estable, entonces debemos asumir que es necesario que los agentes sociales implicados, en este caso los Estados-nación, deben velar por su mantenimiento. Eso implica que no solo se debe contar con la legitimidad de sus participantes, sino que se les ha de aportar beneficios materiales para que ese orden pueda perdurar. En ese sentido, podemos decir que hay grupos o partidos dentro de las potencias occidentales que no están de acuerdo en preservar ese orden liberal porque los partidos tradicionales no han logrado mejorar las condiciones materiales de sus sociedades, en tanto enfrentan una creciente desigualdad económica y precariedad laboral. Además, la pérdida de influencia y de poder coercitivo de Occidente no está permitiendo que ese orden liberal pueda sostenerse en el tiempo. 

De hecho, se puede asumir que las contradicciones provocadas dentro de las sociedades liberales y del propio Estado-nación están abriendo la puerta a líderes autoritarios y, en consecuencia, una pérdida de la legitimidad del orden liberal internacional. Esto me lleva a la última pregunta, ¿qué tan profunda es la crisis de ese orden? Considero que no solo es una crisis del liderazgo hegemónico estadounidense, sino la crisis de un orden que cada vez genera menos entusiasmo en otras partes del mundo. De hecho, está dando paso a un descrédito del orden liberal internacional y que está relacionado con su incapacidad de convencer a los ciudadanos de que dicho orden puede generar el bienestar que ellos demandan. Además, está provocando una nueva configuración del poder que se caracteriza por coaliciones e instituciones de gobernanza débiles. 

Por último, pienso que este orden solo será más estable y legítimo si da voz a los países en desarrollo con la finalidad de tener una gobernanza más sólida. Pero al mismo tiempo es necesario que ese orden promueva un desarrollo económico que satisfaga las necesidades sociales de la población y permita construir instituciones sólidas, tanto a nivel local como internacional, donde la sociedad civil participe activamente en las decisiones políticas sobre temas que es necesario resolver, como el cambio climático. Con ello, no sólo se asegura un proceso de decisiones más democrático y legítimo socialmente, sino una mayor aceptación social, puesto que ese orden se centraría en el bienestar social. Si las potencias occidentales, especialmente Estados Unidos, quieren mantener el orden liberal internacional, deben tener en cuenta estos aspectos. 

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