Sobre el futuro de la globalización y el orden liberal
El siglo XXI se está alejando de la hiperglobalización iniciada tres décadas atrás, mientras el orden liberal es objeto de una presión creciente. ¿Qué futuro podemos augurar?
Un observador occidental que a principios de los años noventa mirara al futuro intentando proyectar cómo sería el mundo dentro de 25 años probablemente se quedaría sorprendido por el desarrollo de la historia reciente. Tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y el posterior colapso de la Unión Soviética, cabía esperar que el modelo liberal occidental prevalecería, junto con las instituciones internacionales creadas tras la II Guerra Mundial (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial del Comercio, Naciones Unidas).
Eran tiempos de optimismo y buenas perspectivas sobre un mundo más cooperativo, después de que las tensiones de la Guerra Fría hubieran quedado atrás. China ya había adoptado el mercado como motor de desarrollo desde finales de los años setenta y los antiguos miembros del bloque soviético estaban a punto de hacer lo mismo, incluida una debilitada Rusia. La Europa occidental estaba dispuesta a dar un significativo impulso a su proceso de integración tras la II Guerra Mundial, que llevaría a la creación de la UE y al plan de introducir una moneda única a finales de aquella década. Todo ello sucedía con el telón de fondo de un proceso de creciente globalización económica que el mundo occidental había ido favoreciendo progresivamente, impulsando la liberalización comercial y financiera a escala internacional desde el final del período de Bretton Woods, a principios de los años setenta.
La crisis financiera de 2008 mostró las fallas del sistema de mercado
Pero las perturbaciones que afectaron a los Estados Unidos en el umbral del nuevo siglo provocaron unas acciones políticas internas que llevarían al país a una guerra internacional contra el terrorismo y reorientarían significativamente su economía hacia un gasto no productivo que causaría endeudamiento. La guerra dejó claro que el poder militar no bastaba para transformar unas culturas profundamente arraigadas, y la reorientación de la economía abrió el camino de la crisis económica y financiera global de 2008-2009, que generó las primeras fricciones comerciales con China. La crisis financiera mundial fue profunda y duradera, y mostró las fallas del sistema de mercado, cuyo impacto en Europa se tradujo en las crisis regionales del euro, que visibilizaron las vulnerabilidades del proceso de integración europea.
La fragmentación sociopolítica de Occidente
Los países desarrollados han estado sujetos a un proceso secular (desde los años ochenta en adelante) que combinaba la desregulación del mercado con unas políticas fiscales redistributivas más pobres, una rápida globalización y un desarrollo tecnológico que ha ido desplazando progresivamente el empleo, minando la posición económica de los trabajadores no cualificados o poco cualificados. La Gran Recesión y sus largas secuelas agudizaron la situación, haciendo cada vez más visible el aumento de las desigualdades, y provocaron finalmente la fragmentación sociopolítica de Occidente, con una oleada de populismo representada por el Brexit en Europa y por la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos.
La presidencia de Trump fue muy disruptiva y contribuyó a polarizar aún más el mundo. Presionó a China acusándola de abusar del sistema internacional abierto e impuso aranceles específicos a las exportaciones chinas a los Estados Unidos. Con un crecimiento récord mayor del esperado, China se mostraba cada vez más asertiva y respondió con la misma moneda, lo cual desencadenó una dinámica comercial de toma y daca marcada por la incertidumbre. Las fricciones comerciales transatlánticas también crecían, puesto que Trump prometió aumentar los aranceles específicos a los países europeos que consideraran la posibilidad de gravar las operaciones internas de las empresas digitales globales. Estas tensiones incipientes de guerra comercial fueron vistas como una amenaza a las perspectivas de crecimiento mundial a finales de la segunda década del nuevo siglo.
El mundo tras la COVID
La tercera década del siglo comenzó con la disrupción de la COVID. El origen chino del virus y la falta de transparencia de China con relación a su detección y a los primeros casos no ayudaron a rebajar las tensiones geopolíticas. En 2021, China incrementó su actividad militar en Taiwán y puso a prueba su nuevo potencial espacial con misiles hipersónicos. Por su parte, los Estados Unidos llegaron a un acuerdo con Australia para suministrarle submarinos nucleares. La COVID también evidenció la creciente interdependencia generada por la fragmentación de la cadena de suministro mundial en numerosos países, y el impacto económico que se produce cuando la cadena se interrumpe.
Con la crisis de la COVID todavía latente, el conflicto entre Rusia y Ucrania ha llevado de nuevo la guerra a Europa y ha supuesto la tercera gran disrupción de principios del siglo xxi. Este conflicto culmina un proceso de creciente distanciamiento y tensiones entre una Rusia rica en recursos y el mundo occidental. Tras unos primeros intentos de aproximarse a los aliados occidentales (a través de Clinton y Bush), Putin enseguida tuvo la impresión de que no se lo tomaban en serio y receló de una OTAN que había continuado expandiéndose hacia los países del Este que habían estado bajo la órbita de la antigua Unión Soviética (la primera oleada se había producido en 1999 y la segunda había finalizado en 2004) y que seguía apoyando las “revoluciones de colores” de las antiguas repúblicas soviéticas.
La COVID evidenció la creciente interdependencia generada por la fragmentación de la cadena de suministro
La solicitud de Ucrania y Georgia de incorporarse al bloque militar en 2008 marcó un punto de inflexión que hizo que Rusia empezara a desplegar su potencia militar (Guerra de los Cinco Días con Georgia en 2008, anexión de la península de Crimea en 2014, intervención en la guerra civil de Siria en 2015, invasión de Ucrania en 2022), al tiempo que se enfrentaba a acusaciones de ciberataques contra infraestructuras estratégicas occidentales de utilidad pública, como centrales eléctricas y plantas de tratamiento de agua, además de acciones de ciberinteligencia con el fin de socavar el orden liberal occidental (p. ej., la campaña electoral estadounidense entre Trump y Clinton). Paralelamente, llevaba a cabo una sistemática represión interna de la libertad de prensa y de la oposición política, con asesinatos o intentos de asesinato dentro del país (p. ej., del activista anticorrupción Alexéi Navalny en 2020) y en el extranjero (p. ej., del exagente del FSB Alexander Litvinenko en 2006).
¿Qué futuro espera a la globalización?
Resumiendo, el mundo de principios del siglo xxi se está alejando de la hiperglobalización treinta años después de la caída del Muro de Berlín, en un momento en que el orden liberal se ve presionado por dos polos autocráticos externos (liderados por China y Rusia) y por el populismo interno y las fuerzas nacionalistas.
Todavía es una incógnita si el nuevo curso de los acontecimientos nos llevará a gestionar mejor la globalización, incluso con una sana dosis de desglobalización, o a un mundo cada vez más polarizado. Pero las probabilidades de que se produzca esto último no deben menospreciarse, debido al énfasis creciente en la seguridad regional/nacional provocado por la persistente fragmentación política interna de Occidente desde la segunda década del siglo; a la fragilidad de la fragmentación internacional de las cadenas de suministro, evidenciada durante la pandemia de la COVID-19, y al riesgo de dependencia económica estratégica de unos socios poco fiables, como se ha visto con la militarización geopolítica de las fuentes de energía desde la invasión rusa de Ucrania.
Profesor ordinario, Departamento de Economía, Finanzas y Contabilidad en Esade
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