Entre el optimismo y el pesimismo: ¿Debo seguir luchando por la sostenibilidad?

Ante la situación global, es fácil perder la esperanza. Desde una perspectiva realista, debemos reafirmarnos en la idea de que es imperativo perseguir la sostenibilidad.

Juan Pablo Casadiego

“Quedan dos años para salvar el mundo”, dijo Simon Stiel, secretario ejecutivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, el 10 de abril de 2024. El horizonte 2030 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y el Acuerdo de París han quedado reducidos a este breve período de tiempo, suscitando un dramático y urgente llamamiento a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI)

No es de extrañar que los fenómenos climáticos estén aumentando en todo el mundo, desde huracanes e incendios forestales hasta inundaciones y sequías. Este año, según la Universidad Estatal de Colorado, se vivirá una temporada "extremadamente activa" de huracanes atlánticos, mientras el sur de África ha de enfrentarse a una situación de inseguridad alimentaria debida a la sequía y a El Niño, como ya ha sucedido en Zimbabue, que ha perdido hasta el 80% de sus cosechas. En Bogotá (Colombia), mi ciudad natal, las autoridades están racionando el suministro de agua, puesto que los niveles de las reservas están en mínimos históricos, y esta medida afecta a más de 9 millones de residentes. 

Todos estos eventos se han producido durante muchos años y, en cierta medida, son naturales e inevitables. Sin embargo, existen datos científicos irrefutables que demuestran que su mayor intensidad y probabilidad de ocurrencia son consecuencia de la actividad antropogénica. Nuestros modelos de producción y de consumo están agitando los recursos y los ecosistemas a un ritmo acelerado, que genera inestabilidades en los ciclos biológicos y químicos, así como un nivel tremendo de pérdida de la diversidad. Según se desprende del Día de la Deuda Ecológica, que estima la demanda humana de recursos ecológicos frente a su capacidad regenerativa al año, necesitaríamos 1,7 Tierras para mantener la actividad humana actual, si bien es cierto que las estimaciones en materia de biocapacidad varían según los países. 

Earth Overshoot Day

Con una población mundial en constante crecimiento que sigue ejerciendo presión sobre los límites planetarios y ante la evidente ineficacia de los programas de sostenibilidad de las empresas, de la legislación medioambiental y de los planes de desarrollo multilaterales, perdí la esperanza. ¿Estamos todavía en condiciones de mantener un espacio de seguridad para que florezca la vida y la humanidad? Según los científicos, esto sería posible, pero para ello es preciso introducir con urgencia cambios radicales en las relaciones insostenibles y degenerativas entre los humanos y la naturaleza. Y esto es algo que creo que no hacemos y posiblemente no haremos en breve. 

¿Hay esperanza?

Inicié mis estudios de doctorado en ciencias de la gestión hace tres años, centrándome en los modelos de negocios sostenibles. Previamente, ya había trabajado en temas medioambientales y de sostenibilidad como la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de Colombia. Todo este tiempo, he dedicado mis esfuerzos esperando que las cosas cambien y que juntos podamos cocrear un futuro más sostenible, justo y regenerativo. Siempre he pensado que las empresas tienen una gran influencia y la capacidad para lograr que se produzca este cambio. Pero hoy, cuando observo el estado crítico en que se halla la Tierra y la inexistencia de una acción colectiva, esta esperanza se desvanece casi por completo.  

La insostenibilidad se ha institucionalizado y está incrustada en nuestra cultura, en nuestros valores y en nuestras acciones

Son numerosos los motivos que me han provocado esta desilusión y frustración. Como muchos de vosotros, he atribuido las responsabilidades a los gobiernos, a los políticos y a las grandes empresas (especialmente, las petroleras). Claramente, las agendas nacionales y corporativas responden a la lógica del mercado, que prioriza la maximización de beneficios y el crecimiento económico, a costa de la degradación socioecológica. Han sido incapaces de incorporar unas sólidas estrategias de sostenibilidad en sus políticas y en sus cadenas de valor.  

Hemos culpado a los demás, a las empresas, a los gobiernos, a las instituciones…, pero no nos hemos culpado a nosotros ni hemos juzgado nuestra parte de culpa. Pienso que esta es la problemática más importante que todavía tenemos que abordar. La insostenibilidad se ha institucionalizado y está incrustada en nuestra cultura, en nuestros valores y en nuestras acciones. Así, hemos desvinculado peligrosamente nuestro comportamiento de nuestras aspiraciones a la sostenibilidad, de modo que parecemos unos locos que promulgan unos principios morales incoherentes. Conocemos las amenazas y los efectos del cambio climático, pero seguimos exhibiendo unos comportamientos perjudiciales para el medio ambiente. 

Al investigar en la sostenibilidad regenerativa como tema central de mi tesis doctoral, me he dado cuenta de que la regeneración apunta a un cambio de mentalidad. La regeneración se basa en unos principios ecocéntricos que reconocen la interdependencia y la interconexión de las relaciones entre los humanos y la naturaleza. Aborda los aspectos internos de la sostenibilidad, que se refieren a las cualidades y actitudes personales, al conocimiento de nosotros mismos y a la introspección para comprender nuestro rol y nuestro impacto en el medio ambiente. Pienso que este aspecto es crucial para lograr un futuro sostenible. 

La regeneración aborda aspectos internos de la sostenibilidad, como el autoconocimiento para comprender nuestro impacto en el medio ambiente

Pese a ello, pierdo la esperanza cuando observo las numerosas iniciativas que han surgido en materia de sostenibilidad regenerativa. Muchas de ellas consideran que la regeneración no es más que un nuevo término para designar la sostenibilidad. Así, podemos ver que, de pronto, un puñado de empresas pasan a ser regenerativas, al tiempo que se centran en las actividades agrícolas. Los defensores de la cría o la ganadería regenerativa, por ejemplo, sostienen que, con técnicas de gestión holística para mejorar la salud del suelo, podemos revertir el proceso de desertificación y el cambio climático, pese a que la evidencia científica indica lo contrario.  

Un realismo esperanzado

He compartido mis preocupaciones con dos mujeres especiales durante las visitas que he realizado a propósito de mi doctorado en Rio de Janeiro en los últimos meses. Son Thais Corral, directora y fundadora del biohub de sostenibilidad regenerativa Sinal do Vale, y Juliany Rodrigues, bióloga y directora de la Universidad Federal de Rio de Janeiro, campus Duque de Caxias. Ambas son medioambientalistas que han dedicado sus vidas a trabajar para la sostenibilidad a distintos niveles, con la convicción de que la educación y la transformación interior son los dos instrumentos más importantes para lograr un futuro regenerativo.  

Thais ha compartido muchas de sus percepciones, ideas y visiones en relación con la regeneración. Es una activista medioambiental con más de 35 años de experiencia en sostenibilidad y es miembro del Consejo Asesor del programa del Decenio de las Naciones Unidas sobre la Restauración de los Ecosistemas. A lo largo de muchas horas de debate y de charlas interesantes, ha tratado de infundirme esperanza y motivarme para que prosiga en este empeño. Insiste en la necesidad de reconectar a las personas con unos principios ecocéntricos esenciales, basados en los valores relacionales y de reciprocidad, así como en la compasión por las demás especies animales y por la naturaleza. Thais también me ha enseñado a integrar los principios ecológicos con acciones prácticas y alcanzables, y a adoptar en el trabajo una actitud de mejora continua, desde una actitud de pragmatismo inspirado. 

No soy ni optimista ni pesimista. Los optimistas son naífs y los pesimistas son personas amargadas. Soy un realista esperanzado

Además, Juliany alimentó mi esperanza la semana pasada mientras estábamos atrapados en un atasco en Rio. Acabábamos de asistir a una charla inspiradora del profesor Fabio Rubio Scarano, un destacado intelectual brasileño, experto en sostenibilidad y paladín de la regeneración. Definitivamente, Fabio nos infundió esperanza, pero fue Juliany quien me dijo: “No te rindas; hablar contigo hoy ya ha tenido efecto en mí, y eso es muy valioso”. Hizo que me diera cuenta del poder de la acción colectiva, pues cambiar el punto de vista de las personas tiene un impacto que resuena con mi propósito como investigador y futuro profesor. Juliany citó a Ariano Suassuna, un poeta brasileño que le recuerda la importancia de la esperanza: "No soy ni optimista ni pesimista. Los optimistas son naífs y los pesimistas son personas amargadas. Soy un realista esperanzado. Soy un hombre de esperanza". 

Tras esta reflexión, me he dado cuenta de que yo no encajo claramente en las categorías de optimista o pesimista. Como dice Suassuna, me veo a mí mismo como un realista esperanzado que cree firmemente que es imperioso alcanzar la sostenibilidad y que debemos perseguirla con urgencia. Podemos tener la oportunidad de hacerlo en los próximos dos, tres o seis años. En este sentido, reconozco la importancia de la responsabilización de las acciones individuales en este empeño. 

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