Los retos competitivos de Europa para 2025

Una nueva economía global basada en la alta tecnología se abre camino. Europa cuenta con una excelente base científica, pero necesita reactivar sus fuentes competitivas y tecnológicas para no quedar atrás.

Xavier Ferràs

No soplan buenos vientos para Europa. Francia y Alemania se encuentran en medio de profundas crisis sociales y políticas (poco que añadir del Reino Unido, a la deriva tras el Brexit). El anuncio del posible cierre de tres plantas de Volkswagen en Alemania ha sido el colofón de un año de malas noticias relativas a la competitividad europea.  

El periodo 2017-2024 será recordado como un punto de inflexión histórico. La vieja globalización ha muerto. La crisis originada por el veto a la compañía china Huawei, en 2017 inició una incipiente fragmentación del mundo entre dos esferas: la de influencia norteamericana, y la de influencia china. ¿Y Europa?  

Un periodo convulso

Ya en ese año, durante el primer mandato del presidente Trump, se inicia una guerra tecno-comercial entre China y EEUU derivada de la prohibición de Trump a la tecnología 5G (imprescindible para la digitalización urbana de alta velocidad), provista por Huawei (empresa que desarrollaba dispositivos 5G de última generación, a un coste muy competitivo). La administración norteamericana dudaba de la seguridad de sus datos, circulando a través de circuitos integrados y sistemas de origen chino. Existía, además, la sombra de importantes ayudas del gobierno chino a la I+D de la compañía.  

En ese momento, Europa duda de su posicionamiento. Poco después, durante la pandemia, el viejo continente choca contra la cruda realidad de su extrema fragilidad y dependencia de proveedores externos de tecnología crítica, desde textiles avanzados a semiconductores. El caso de los chips electrónicos es sangrante: el mundo occidental se da cuenta en 2020, cuando se cortan las cadenas de suministro, de que los clústeres de producción de dispositivos semiconductores se hallan en Asia.  

Ni EEUU, ni mucho menos Europa, son autónomos en una tecnología tan crítica como los chips electrónicos, que se han convertido en los auténticos bloques constituyentes de la economía digital. Sin suministro de chips, todo se para. Europa se va directamente a la Edad de Hielo. 

Europa está sola en el inicio de una nueva Guerra Fría que se jugará en el terreno de la alta tecnología

El siguiente episodio del traumático despertar europeo se da en 2022, cuando estalla la guerra de Ucrania, Europa constata que tampoco es independiente en suministros energéticos, ni en seguridad o defensa. En 2022, además, se produce una noticia trascendental: empiezan a aparecer evidencias de que China supera a EEUU en producción científica, en cantidad y en calidad, según un informe del Ministerio de Tecnología de Japón. Y con China, se consolida un gran bloque alternativo al bloque occidental: los BRICS (Brasil, Rusia, India y China), a los que se aproximan Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Irán y Etiopía.  

Dos tercios de la humanidad no han adoptado el modelo de democracia liberal y capitalismo de mercado; y ese bloque alternativo empieza a disponer de tecnología al mismo nivel (o superior) que el bloque occidental (que, por su parte se desgaja, con EEUU tomando un rumbo propio). Europa está sola en el inicio de una nueva Guerra Fría que se jugará en el terreno de la alta tecnología. 

Las reglas de la nueva tecnoeconomía

Las reglas del juego han cambiado por completo en tres años. Si el “mantra” de la globalización era externalizar y deslocalizar las actividades low-cost, ahora se trata de reconcentrar y controlar urgentemente las actividades high-tech. Frente a las cadenas globales de suministro, reemergen los clústeres locales. Frente al coste, las decisiones se toman en base a resiliencia y seguridad en el suministro. Y se reactivan con contundencia en todo el planeta las inversiones en I+D y la cooperación público-privada para reforzar los sistemas locales de innovación.  

EEUU lanza en 2022 su Inflation Reduction Act (IRA), un ambicioso plan de reindustrialización y reactivación económica dotado de más de 700 billones de dólares. La economía norteamericana se está reindustrializando a toda velocidad, y se extienden las prácticas de apoyo directo a empresas para controlar la producción y la investigación local, especialmente en sectores de alta intensidad tecnológica. Prácticas que fueron cuestionadas o prohibidas durante el periodo de la globalización.  

La competición por atraer dicho tipo de actividades llega a extremos inauditos: el gobierno de Canadá anuncia que ofrecerá 13,2 billones en subsidios para conseguir una inversión de Volkswagen de 7 billones, destinada a crear una planta de baterías eléctricas en Ontario. Corea del Sur revela un plan de nada menos que 450 billones, junto con empresas como Samsung, para crear un gran ecosistema de producción de chips en el país. Y, en paralelo, irrumpe una nueva variable en el escenario geopolítico y económico global: la inteligencia artificial (IA).  

Entre las 10 empresas de mayor valor financiero del mundo, 9 son tecnológicas

La aparición, en 2022, de ChatGPT significa la inauguración de un nuevo e inmenso “océano azul” económico, los LLMs (grandes modelos de lenguaje) y la inteligencia artificial generativa, una tecnología de profundo poder transformador que está llamada a reconfigurar las reglas del juego de múltiples sectores e industrias.  

Entre las 10 empresas de mayor valor financiero del mundo, 9 son tecnológicas (Apple, Microsoft, Nvidia, Amazon, Alphabet, Meta, Tesla, Broadcom y Taiwan Semiconductores), y con sólidas apuestas estratégicas de desarrollo de la IA. Solo la décima, Berkshire Hathaway, no es de naturaleza tecnológica sino financiera (e invierte substancialmente en las primeras). La economía global se ha convertido súbitamente en una tecnoeconomía, cada vez más dirigida por la IA.  

Europa queda descolgada del podio: la primera empresa europea que aparece en esa lista es Novo Nordisk, compañía farmacéutica danesa que ocupa el lugar 23. Mientras en EEUU se configura una nueva corriente tecnolibertaria y liberalizadora; y en China se consolida un tecnoestado-IA, Europa debate sobre regulación, y debe buscar urgentemente su lugar bajo el sol. El Informe Draghi (pedido por la presidenta de la Comisón Europea, Ursula von der Leyen, al ex primer ministro europeo Mario Draghi) cuantifica en 800 billones anuales el esfuerzo inversor que debe realizar Europa para mantener su posición competitiva frente a EEUU y China, y sostener con ello su estado del bienestar. 

El papel de Europa y España en 2025

Es el momento de la integración europea y del escalado de sus sistemas tecnológicos y de innovación. Entre las diez economías más innovadoras del planeta, todavía figuran 7 europeas (Alemania, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Austria, Países Bajos y Suiza). Pero son demasiado pequeñas para ser relevantes. Europa dispone de una excelente base científica, pero debe orientarla urgentemente a las aplicaciones sociales y económicas.  

La industria europea (Alemania es un ejemplo claro de ello) no ha sido ágil en su transformación digital, ni en la adquisición de masa crítica que le permita competir globalmente contra los dos grandes líderes de la nueva guerra fría (China y EEUU). La parte positiva es que se está produciendo un cambio de mentalidad: emerge una consciencia de urgencia en la reactivación de las fuentes competitivas y tecnológicas europeas. 

La inversión en I+D de la economía española se ha incrementado un 15,7 % el último año

Muestra de ello, es la reciente constitución de las IA Factories, siete megaclústeres de IA articulados alrededor de supercomputadores de la red europea de computación de altas prestaciones, cuya misión es acelerar la llegada de la IA a instituciones y empresas europeas, para mantenerlas en la frontera de la competitividad. El Barcelona Supercomputing Center albergará una de esas IA Factories. 

Europa también está desplegando su plan Next Generation, un ambicioso programa de apoyo financiero a la digitalización, la competitividad tecnológica y la transición ecológica. En España, esta nueva dinámica también se deja notar ya. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, la inversión en I+D de la economía española se ha incrementado un 15,7 % el último año, sumando más de 3.000 millones de nuevas inversiones. 15 de las 17 Comunidades Autónomas crecen a dos dígitos en su I+D. 11 de ellas han incrementado su esfuerzo en I+D en más de un 40 % en tres años.  

Son excelentes noticias. Evidencias de que se está produciendo un cambio aparente en la base competitiva española. No obstante, no podemos confiarnos: la inversión agregada en I+D de la economía española es del 1,49 % del PIB, justo la mitad de los objetivos europeos para 2020. Queda mucho camino por recorrer. Y la contribución de las empresas en proporcionalmente baja, solo del 56 % (debía ser 10 puntos superior). Corremos el riesgo de que ese esfuerzo en I+D quede dentro del perímetro de las universidades y centros de investigación, sin que se convierta en empleos y productividad real en la economía. Y, sobre todo, corremos el riesgo de que esa dinámica positiva se corte abruptamente una vez acabe el suministro de fondos europeos Next Generation; si no se asume ese esfuerzo con recursos propios y finalmente el Plan Draghi no eclosiona. 

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