Al inicio de la COP29, el presidente de Azerbaiyán calificó los combustibles fósiles como una “bendición de dios”. Tal vez la espiritualidad tenga un papel que jugar en la crisis climática, pero en un sentido diferente.

Rafael Sardá

Que la 29 Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP29) no iba a tener un gran impacto en las políticas internacionales era previsible; por un lado y por tercer año consecutivo, la conferencia se realizaba en un país básicamente productor de petróleo con intereses contrapuestos al objetivo básico de la COP, por otro lado, y sólo una semana antes, Donald Trump ganaba las elecciones en Estados Unidos habiendo dejado muy clara su posición al respecto durante su campaña electoral, no creer en el cambio climático. Todo ello hacía presagiar en que al final habría poco que contar y así, creo, sucedió. 

La prosperidad conseguida gracias a los combustibles fósiles ha sido a costa de la degradación del capital natural del planeta

Si la COP28 de 2023 se cerraba con la palabra del Sultan Ahmed al Yaber, (presidente de la COP28, ministro de industria de Emiratos Arabes Unidos y consejero delegado de la empresa nacional de petróleo y gas de Dubai-ADNOC) en la que daba ánimos a quien le siguiera para poder hacer el trabajo que en su COP no se había hecho, las palabras del presidente de Azerbayan, Ilham Aliyev, al inicio de la COP29 señalando a los combustibles fósiles como una bendición de Dios no hacían prever que ese trabajo postergado se haría en Bakú. Además, el nuevo presidente de la conferencia, Mukhtar Babayev, ministro de ecología y recursos naturales de su país, en consonancia con el anterior, había desarrollado la mayor parte de su carrera dentro de la industria petrolera. Dos conferencias similares y no muy diferentes de la anterior, la COP27 en Sharm el-Sheij. 

Nadie podrá dudar de que el uso de los combustibles fósiles ha servido para acelerar la prosperidad de la economía mundial y la generación de avances que han mejorado la vida de muchísimas, cientos de millones de personas en décadas pasadas; sin embargo, también conocemos hoy que estos avances han estado basados en la degradación del capital natural del planeta y de los bienes y servicios por este prestados. Los combustibles fósiles, esa llamada “bendición de Dios”, nos han llevado a una situación en la que debemos elegir entre seguir avanzando para “mejorar” más o menos como antes, dejando para el futuro el gestionar sus consecuencias negativas, o atajar esas consecuencias de una forma más inmediata y mejorar de otra forma. En un mundo muy polarizado, donde nada parece ser verdad o mentira, y con mucha inercia en el sistema, esta tesitura se presenta muy complicada.  

COP29: ¿Un nuevo fracaso?

Cada año por estas fechas se me pide que escriba un ensayo sobre las conclusiones de estas conferencias. Este año podríamos casi copiar las del año pasado. Aunque se discutió sobre el nivel de compromiso en proporcionar ayuda financiera a los países pobres para hacer frente al cambio climático, los 300 mil millones de dólares para financiación climática comprometidos (que no asegurados), estaban muy lejos de lo solicitado, 1,3 billones de dólares por los países en desarrollo, y sabían a fracaso al terminar la conferencia. Como en la cumbre anterior, no se tomaron decisiones sobre poner fechas límites a la producción de petróleo y gas, aunque si hubo algún avance en el desarrollo de las transacciones de créditos de carbono entre países y su seguimiento en favor de ese mercado global en construcción. Aunque tampoco se esperaba, no hubo avances en la reducción de subsidios a los combustibles fósiles y en la asunción de las externalidades mediante la utilización de otras herramientas económicas. Finalmente, pocas, muy pocas palabras sobre la protección de la naturaleza y su relación con el clima pese a haberse celebrado la Conferencia de Naciones Unidas sobre Biodiversidad (COP16) tan solo medio mes antes en Cali (Colombia).  

Lo sucedido con la DANA obliga a repensar las medidas de adaptación, mejorando la gestión preventiva y la planificación territorial

Está claro que el 2024 no será recordado por la celebración de la COP29. En nuestro país será recordado por las catastróficas consecuencias de la famosa DANA (Depresión Atmosférica aislada en Niveles Altos de la atmósfera) de octubre en la Comunidad Valenciana que costaron la vida a 227 personas y unas pérdidas inicialmente estimadas en unos 4.000 millones de euros. La DANA de Valencia, se sumaba de esta forma a una macabra lista mundial de catástrofes debidas a fenómenos extremos climáticos reportada recientemente en el informe de Christian Aid Counting the cost 2024: a year of climate breakdown; fenómenos que, claramente van en aumento. Lo sucedido con la DANA obliga a repensar las medidas de adaptación al cambio climático, mejorando la gestión preventiva y la planificación territorial. 

Hace cinco años escribía sobre el temporal Gloria en esta plataforma, concluyendo que era mejor no llamarlo excepcional sino, simplemente, inusual. Entre el temporal Gloria y la DANA de este año (pudo haberse llamado Caetano) tuvimos también a Filomena. No han pasado cinco años y hemos tenido tres grandes temporales en nuestro país con consecuencias dispares; todos ellos con pérdidas humanas, aunque nada imaginable al último. Esto se ha producido con una atmósfera global calentada casi 1,2ºC sobre la media obtenida en el período 1950-1980; debemos tener bien presente a lo que nos vamos a enfrentar más pronto que tarde, a esos acontecimientos inusuales con un período de retorno mucho menor al esperado, con una atmósfera que superará ese 1.5ºC (¿diez años?) o 2ºC (¿veinte años?) de calentamiento y que liberará una mayor energía cuando ocurran dichos eventos porque las leyes de la física no entienden de políticas internacionales ni del comportamiento humano. Hay que empezar a normalizar estos temporales y poner en marcha acciones para una correcta adaptación: prescindir de realizar actividades en zonas que puedan ser susceptibles de verse muy afectadas por la variable climática como las llanuras de inundación (es hora de reconstruir con inteligencia y quizás dejar esos espacios que hemos ocupado y que el agua volverá a recuperar más pronto que tarde); mejorar la gestión de riesgos por eventos extremos; recuperar entornos naturales que hemos degradado (la ley de restauración de la comunidad europea puede ayudar); y, sobre todo, proteger aquella naturaleza que aún no ha sido alterada en exceso y puede ayudarnos en el futuro, algo de lo que parecemos olvidarnos todos. 

Para solucionar los problemas ambientales mundiales, es urgente planificar, pero aún es más urgente repensar nuestro comportamiento como sociedad y, en nuestro caso como profesores, formar en ello. Somos más, hacemos más cosas, no podemos seguir actuando de la misma forma como si nada pasara. Estamos viendo cambios en el funcionamiento biofísico del planeta y debemos reaccionar. Necesitamos un cambio de paradigma social que debiera empezar por cada uno de nosotros, al menos aquellos de nosotros que tenemos mucho más de lo que necesitamos para ser felices. Debemos poder ser capaces de modificar nuestra relación con el hábitat en el que vivimos y escapar de esa falsa sensación de burbuja protectora en que nos encontramos y a la que hacía referencia el año pasado en esta plataforma. Debemos ser capaces de dar lo mejor de nosotros y de cuidar nuestra casa común.  

Quizás es hora de reclamar que las soluciones a la crisis climática puedan descansar más en la espiritualidad que en la economía

La bendición de Dios no debe confundirse con usar el petróleo para mejorar nuestra sensación de bienestar global; porque de ser así, esa misma bendición, llevada al extremo por un mal uso, nos puede llevar a catástrofes inimaginables y tener que gestionar lo que creemos “imposible”. La bendición de Dios debe entenderse como el poder habitar esa casa común, nuestro planeta. Hace veinte años, la encíclica del Papa Francisco Laudato Si lo dejaba claro al reclamar “el cuidado de nuestra casa común”, algo que debe ser exigencia para la humanidad y en lo cual debemos efectuar más formación. En los últimos años, no solo el cristianismo, sino otras religiones como el islamismo o el hinduismo también se han posicionado al respecto; quizás es hora de reclamar que las soluciones a la crisis global climática puedan descansar más en la espiritualidad que en la economía, y que conste que para todos aquellos que puedan declarase dentro de posiciones menos religiosas, ateístas, no forzosamente significa ello que estén desprovistos de dicha espiritualidad. 

Debemos gestionar la crisis ambiental, y con ella la crisis climática, desde la persona, desarrollando entre todos una cosmovisión y una forma de actuar mucho más ecocéntrica que antropocéntrica a la hora de buscar las soluciones a las problemáticas que hemos creado. Esa es la visión que espero tome la próxima COP30 en Brasil, para que el año que viene no volvamos a tener que escribir acerca de “otra COP de la marmota”. 

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